En el transcurso del reciente fin de semana, el peronismo bonaerense selló un acuerdo, no exento de tensiones, entre los sectores en pugna para conducir la estructura partidaria en el distrito que gobierna, clave para recuperarse de la derrota en las pasadas elecciones legislativas.
La unidad alcanzada en el orden provincial, que llevó a la presidencia partidaria al gobernador Axel Kicillof y a la vicepresidencia a Verónica Magario, se replicó en la sexta sección electoral con un reparto equitativo entre los sectores que representan al kirchnerismo y a los seguidores del oficialismo distrital.
Producto del entendimiento, el presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, ex intendente de Monte Hermoso, Alejandro Dichiara, será uno de los cuatro representantes de la región en la nueva conformación del Consejo del PJ, junto al intendente de Bahía Blanca, Federico Susbielles, ambos alineados con el kirchnerismo, la senadora distrital Ayelén Durán y el intendente de Laprida Alfredo Pichi Fisher, del sector oficialista provincial.
En síntesis, el nuevo organigrama del PJ bonaerense dibuja una arquitectura de poder donde el eje gobernador–vicegobernadora domina los cargos ejecutivos y estratégicos, los intendentes aseguran predominio territorial y La Cámpora queda relegada a espacios deliberativos (Máximo Kirchner será presidente del Congreso partidario), en un reordenamiento pragmático: unidad administrada, poder concentrado y una conducción pensada para transitar con menos sobresaltos la antesala de las presidenciales del año próximo.
Desde Movimiento Derecho al Futuro, el espacio conformado en torno a la figura de Kicillof, comunicaron que «con hechos y resultados venimos demostrando desde 2019 que se puede gobernar con transparencia, responsabilidad y eficacia», definiendo al peronismo como «la herramienta central para organizar, amplificar y proyectar ese camino», alentando las aspiraciones presidenciales del mandatario bonaerense.
Del lado kirchnerista expresaron en un comunicado que «el peronismo necesita unidad, organización y coraje», advirtiendo que es «el principal dique de contención ante el ajuste de Javier Milei». La apelación a la unidad, según analistas, funcionó en los hechos como reconocimiento implícito de una correlación de fuerzas adversa.
En ese mismo sentido se analiza que el reparto final dejó una concesión simbólica hacia el camporismo con la vicepresidencia segunda para Federico Otermín, dirigente cercano a Máximo Kirchner y heredero político de Martín Insaurralde, cuya figura quedó severamente dañada tras el escándalo Chocolate Rigau, reflejando que conserva presencia en la conducción pero ya sin la influencia central que exhibía.







