Philippe Cazottes Nogaret nació en Francia en 1965, pero su historia personal empezó a tomar forma aventurera lejos de Europa. A los 11 años llegó a Perú, en 1976, y allí conoció a dos amigos que marcarían su vida para siempre: Daniel Siegelborn y Christian Thorsen. “Ahí empezó todo”, resume Philippe, todavía sorprendido por la dimensión que tomó aquella amistad juvenil.
Con el paso del tiempo, los caminos se abrieron, pero el vínculo se mantuvo. Christian viajó a la Argentina para estudiar educación física en La Plata y allí conoció a tres argentinos que terminaron integrándose a ese grupo de manera definitiva: Carlos Goldenberg, de Pehuajó; Pablo González, de Bahía Blanca; y Gonzalo Badiola, de la Patagonia. “Se volvieron inseparables durante los estudios y después también”, cuenta Philippe.

El encuentro entre peruanos, franceses y argentinos terminó de consolidarse años más tarde, cuando Christian se casó en Lima y reunió a todos. Desde entonces, los viajes compartidos se repiten. Italia, Francia, Normandía, Esquel, Bahía Blanca, Pehuajó. Y desde hace unos años, también Monte Hermoso.
“Propuse que nos encontráramos todos para pasar Año Nuevo en Argentina, y así empezó a tomar forma esta idea”, relata Philippe. El grupo llegó el 25 de diciembre y celebró el inicio del nuevo año en la casa que Pablo tiene en nuestra ciudad, donde pasaron días de playa, sobremesas largas y charlas que mezclaron recuerdos y planes futuros.

Philippe está en pareja con Sandra Villar Cáceres, peruana. Tienen tres hijos: Stéphane (35), Sébastien (28) y Nicoletta (22). Él es empresario del sector inmobiliario y ella es gerente de marketing. Esta es su tercera visita a Monte Hermoso, en la que permanecieron por quince días, alojados en el complejo Reis Mar y Playa.
“Monte Hermoso nos sorprendió por muchos motivos. Es como un pueblito, con casitas muy lindas”, describe Philippe, pero enseguida destaca algo que para él es central: la calidez humana. “La gente, su forma de ser, el carisma, las bromas… eso es lo que más me gusta de la Argentina”, dice emocionado.
También lo cautivaron detalles bien locales, esos que a muchos pueden parecer a veces incómodos: los cambios constantes del viento, el movimiento del mar, la manera en que las sombrillas se clavan en la arena para resistir las ráfagas. “Eso no sabemos hacerlo en Perú, es algo típico de acá”, comenta entre risas. Y, como algo especial, destaca la gastronomía: “Nos han tapado en carne, como siempre. Asados, quincho, todo lo que uno imagina; extraordinario”.

Sandra, por su parte, compara el balneario con la costa peruana. En Lima, explica, el agua es mucho más fría y las olas suelen ser más grandes. Para encontrar aguas cálidas hay que viajar hacia el norte del país, cerca de Ecuador. “Además, en Perú no hay ciudades frente al mar como Monte Hermoso. Hay casas o condominios, generalmente para un segmento alto, pero no una ciudad costera viva”, señala.
El vínculo con la Argentina, para Philippe, va más allá de este viaje. Lo emociona recordar la hospitalidad vivida en cada visita. “En Bahía Blanca, Pablo nos dejó su habitación principal y se fue al cuarto de las hijas. Nunca vi algo así en mi vida. Y pasó lo mismo en Pehuajó y en Esquel. Gente que lo da todo, anfitriones espectaculares”, relata. “Así es como vivimos y sentimos a la Argentina. Por eso se la quiere tanto”.
“Si hubiera conocido Argentina antes, quizás me habría venido a vivir acá”, confiesa. “Me encanta todo: la gente, la forma de ser, el trato. Monte Hermoso tiene algo especial”.
La historia de Philippe, Sandra y sus amigos, demuestra que Monte Hermoso también atrae a visitantes del exterior. Son cada vez más quienes descubren, entrando en contacto con nuestras playas y nuestra gente, un lugar donde el paisaje, el clima y, sobre todo, los vínculos humanos, hacen que siempre den ganas de volver.







