Es ampliamente acepado que el mar es sinónimo de bienestar. No solo como espacio de descanso o recreación, sino como una vivencia corporal y espiritual profunda. ¿Se trata solo de una percepción? Lo cierto es que la experiencia de muchos confirma que entrar al mar relaja, afloja tensiones, ordena el cuerpo y que también facilita la reflexión y la contemplación. Lo atestiguan innumerables relatos y expresiones artísticas y musicales; y aunque no siempre hay una explicación precisa, es un sentir extensamente compartido que atraviesa generaciones.
Esa experiencia, sostenida en el tiempo por el saber popular, fue acompañándose con distintas miradas que analizaron los beneficios de los entornos naturales, de la actividad física en el agua y del impacto positivo que tienen los paisajes abiertos sobre el estrés y el estado de ánimo. A la par, en los últimos años crecieron interpretaciones divulgativas que buscan describir qué procesos podrían estar detrás de esas sensaciones.

Entre los aspectos que menciona aparece la relación entre la inmersión en el agua de mar y mecanismos asociados a la regulación del sistema nervioso, favoreciendo estados de calma y recuperación física y emocional. También retoma una idea muy arraigada en el imaginario colectivo: la afinidad entre el cuerpo humano y el agua salada, asociada a sensaciones de alivio físico, liviandad y descarga de tensiones.
Miradas científicas
Estas interpretaciones dialogan con enfoques divulgativos desarrollados desde la investigación científica. El biólogo marino y divulgador Wallace J. Nichols, autor del libro Blue Mind, sostiene que la cercanía con el agua —mares, ríos o lagos— favorece estados mentales vinculados a la calma, la atención y la reducción del estrés. Su trabajo no presenta al mar como una terapia médica, sino como un entorno capaz de influir de manera consistente en el estado emocional y cognitivo de las personas.
Nichols desarrolló estas conclusiones a partir de investigaciones interdisciplinarias que combinan neurociencia, psicología ambiental y biología marina. En ese marco, sostiene que los entornos vinculados al agua generan un tipo particular de estado mental —al que denomina blue mind— caracterizado por una disminución de la hiperestimulación, una mayor capacidad de atención y una sensación subjetiva de bienestar. No se trata, aclara, de un efecto exclusivo del mar, sino de una respuesta del cerebro humano ante estímulos naturales amplios, rítmicos y previsibles, como el movimiento del agua o su sonido constante.

A esa mirada se suma un aporte académico desarrollado desde Argentina. La investigadora María Cecilia Rigonat analizó históricamente cómo el ambiente marino fue valorado como recurso terapéutico, no solo desde la medicina, sino también desde las representaciones sociales y los imaginarios colectivos. En sus trabajos señala que, desde fines del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, se consolidó la idea del mar como un ambiente saludable, asociado a la sanación física y al equilibrio emocional.
Según ese enfoque, el valor del mar no se apoyó únicamente en argumentos médicos, sino también en discursos científicos, culturales y sociales que reforzaron la noción de una naturaleza capaz de mitigar los efectos del estrés y de la vida urbana. Esa asociación logró perdurar incluso cuando dejó de ocupar un lugar central en la medicina formal, manteniéndose como una creencia socialmente compartida.
Rigonat destaca además que la experiencia de bienestar no depende exclusivamente del baño de mar, sino de la exposición integral al ambiente marino: el agua, el aire, el clima, el paisaje y el conjunto de estímulos sensoriales que actúan de manera combinada sobre el cuerpo. Esta mirada permite comprender por qué muchas personas experimentan beneficios aun sin recurrir a prácticas terapéuticas estructuradas.

Concluyamos que resulta clave diferenciar entre la experiencia subjetiva —real, extendida y valiosa— y las conclusiones médicas que requieren estudios controlados y evidencia verificable. En ese equilibrio se inscriben tanto los aportes de la divulgación contemporánea como los análisis académicos: no como verdades absolutas, sino como intentos de comprender un vínculo profundo que muchas personas ya reconocen en su propio cuerpo.
Esta aproximación que quisimos comenzar, nos abre a nuevas preguntas, búsquedas de relatos y de experiencias. Ese camino emprenderemos en próximos artículos.







