Tras semanas recorriendo parte de la provincia de los bonaerenses, una certeza se impone con claridad: lo mejor que tenemos es nuestro pueblo. Nadie puede discutirlo. El bonaerense es un pueblo noble, manso y solidario, que solo se alza cuando la injusticia se vuelve insoportable.
Pero hay violencias inducidas, estructurales, que ningún pueblo del mundo logra esquivar. Lo vemos incluso en la mayor democracia del planeta −Gringolandia−. Hoy, intentan enfrentarnos otra vez, aprovechando el malestar acumulado durante décadas. Un malestar que no se vive igual en todas partes: en el conurbano se siente con crudeza extrema, mientras que en la región extra-AMBA la vida aún se organiza de otro modo.
La provincia tiene más de 600 pueblos abandonados. Allí está la clave de un futuro posible: desconurbanizar, recuperar el territorio, generar trabajo digno. En muchos de esos lugares ya emergen señales de esperanza: pequeñas producciones, granjas familiares, emprendimientos que apuntan a cambiar la matriz productiva bonaerense.
Hay algodón en Bragado, aceitunas en Dorrego, trufas en Saavedra, kiwi en Saladillo, mermeladas en San Pedro, almendros en Bahía Blanca y en Dorrego. Incluso en Balcarce, Campana, Junín, Tandil, Saldungaray, Chacabuco y Mar del Plata se elaboran vinos.
El INTA y el CONICET ya investigan cultivos alternativos, con ensayos en pequeña escala que podrían ofrecer soluciones reales para productores de zonas afectadas por inundaciones o sequías, como Lincoln, 9 de Julio y Viamonte. Imaginemos el impacto de una red de cooperativas que impulse estas producciones en pueblos hoy olvidados, integrando saberes locales con innovación tecnológica, construyendo economía regional desde abajo. Allí hay tierra, hay manos, hay dignidad esperando ser puesta en marcha.
El gran desafío bonaerense es romper el centralismo platense como única vía de desarrollo. No podemos seguir atrapados en la lógica de la supervivencia ni en la espiral de la violencia. Desconurbanizar no es vaciar: es darles vida a los pueblos, recuperar espacios, ofrecer alternativas a los jóvenes y renovar el aire social de la provincia.
El pueblo bonaerense ya demostró su capacidad de trabajo, solidaridad y resiliencia. Lo que falta es decisión política para articular esa fuerza en un proyecto territorial. Si logramos que los pueblos vuelvan a ser los pequeños engranajes productivos, estaremos construyendo no solo una economía más justa sino también una comunidad más libre y cohesionada.
Es urgente. Necesitamos que soplen nuevos aires en la provincia. Y esos aires vendrán, como siempre, de su pueblo.