La Semana azul es una iniciativa argentina de concientización sobre el Autismo (Trastorno del Espectro Autista – TEA) que este año se está celebrando entre el 27 de marzo y este domingo 5 de abril.
En ese marco, el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires puso el foco en una problemática muchas veces invisibilizada: la nutrición en personas con trastorno del espectro autista (TEA), especialmente en niños y adolescentes, quienes presentan mayores niveles de vulnerabilidad alimentaria.
Se estima que en Argentina más de 500 mil personas tienen algún grado de TEA, en línea con datos internacionales que ubican la prevalencia en torno al 1,2%. En los últimos años, este número ha ido en aumento, principalmente por una mayor visibilidad del trastorno, mejores herramientas de detección y criterios diagnósticos más amplios, además de factores genéticos y ambientales.
Uno de los principales desafíos se vincula con la alimentación. Más de la mitad de los niños con TEA presentan conductas alimentarias selectivas, con una ingesta limitada de alimentos e incluso rechazo a determinados productos. Estas conductas suelen estar asociadas a alteraciones sensoriales —como la sensibilidad a texturas, sabores, olores o temperaturas— y a patrones de rigidez propios del trastorno.
Según explicó la licenciada en Nutrición Soledad Marenzi, estas dificultades pueden derivar en cuadros de desnutrición calórico-proteica o en deficiencias de micronutrientes, una situación conocida como “desnutrición oculta”. Entre los nutrientes más comprometidos se encuentran minerales como calcio, hierro y zinc, así como vitaminas esenciales.
A este cuadro se suma la frecuente presencia de trastornos gastrointestinales. Más de la mitad de los niños con TEA presentan síntomas como reflujo, estreñimiento, diarrea o inflamación intestinal, muchas veces vinculados a un desequilibrio de la microbiota, conocido como disbiosis.
En cuanto a las intervenciones alimentarias, algunos profesionales sugieren dietas específicas —como aquellas libres de gluten y caseína—, aunque la evidencia científica aún no es concluyente. En ciertos casos se han observado mejoras, pero los resultados son variables y requieren evaluación individual.
Desde la Academia de Nutrición y Dietética se remarca la importancia de que tanto el niño como su entorno familiar trabajen con un equipo de atención especializado, donde el nutricionista cumpla un rol central en la evaluación y el acompañamiento del proceso alimentario.
En ese sentido, el Colegio de Nutricionistas bonaerense recomendó la intervención temprana, el diseño de planes personalizados y el seguimiento continuo como pilares para mejorar la calidad de vida de las personas con TEA. También subrayó la necesidad de un abordaje interdisciplinario que incluya a pediatras, neurólogos, psicólogos, terapistas ocupacionales y otros profesionales de la salud.
La alimentación, en este contexto, deja de ser un aspecto aislado y pasa a formar parte de una mirada integral del desarrollo, donde cada intervención puede resultar clave para el bienestar general de la persona.








