El 24 de marzo de 1976 comenzó uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. Fue el momento en que se instaló una junta militar como gobierno, usurpando el poder democrático del pueblo, que con su voto había elegido a Juan Domingo Perón como presidente, que tras fallecer en 1974, asumió la vicepresidenta, su esposa María Estela Martínez de Perón. La dictadura que se instaló tras el golpe de Estado desplegó un sistema de represión ilegal que incluyó persecuciones, secuestros, torturas, asesinatos y la apropiación de bebés nacidos en cautiverio. Fue un proyecto político que buscó disciplinar a la sociedad mediante el miedo.
Pero todo sistema tiene no solo una ideología sino también una estructura, unos principios, unos objetivos que alcanzan todas las áreas. Así, la educación en Argentina durante el período que duró la dictadura militar (1976-1983) estuvo marcada por un fuerte autoritarismo, censura y represión, buscando instaurar un “orden” bajo valores conservadores y occidentales. Se implementó la persecución ideológica a docentes y estudiantes, la quema de libros, el control de contenidos y una descentralización educativa priorizó la gestión privada, especialmente las escuelas católicas.
Sus características principales fueron la represión (“Operación Claridad”, que consistía en perseguir activamente a docentes, investigadores y estudiantes, considerando al ámbito educativo como un foco de “subversión” digno de eliminar), la censura y control curricular (se prohibieron libros y materiales didácticos, imponiendo aquellos contenidos enfocados en la moral cristiana y la tradición nacional; también hubo control de la vestimenta y del comportamiento de las y los estudiantes), el verticalismo y disciplinamiento (las escuelas funcionaban bajo órdenes estrictas, con ausencia de diálogo y reflexión crítica; las normas de convivencia se basaban en el autocontrol y la denuncia), la reorganización del sistema, reforma educativa con un sistema eficientista y despolitizado. El objetivo general era “reordenar” el sistema educativo para extirpar las ideas de izquierda o peronistas, transformando a las escuelas en una institución de control social.

Por eso, a lo largo de la historia, las dictaduras han observado con desconfianza a la educación, ya que las aulas son espacios donde se forman las ideas, donde se aprende a preguntar y donde se desarrolla la capacidad de interpretar la realidad. Y una sociedad que piensa es, inevitablemente, una sociedad más difícil de someter.
El filósofo John Dewey sostenía que la democracia no es solamente una forma de gobierno, sino una forma de vida basada en el diálogo, la cooperación y la inteligencia colectiva. Desde esa perspectiva, la escuela es uno de los primeros lugares donde la democracia se practica.
El pedagogo brasileño Paulo Freire, por su parte, advertía sobre los riesgos de una educación que sólo transmite información sin promover reflexión, donde el conocimiento se deposita y el estudiante lo recibe pasivamente. Para Freire, ese sistema termina formando individuos adaptados al orden existente, más que ciudadanos capaces de comprenderlo y transformarlo.
En contextos autoritarios, ese tipo de educación suele ser funcional al poder. La obediencia se vuelve una virtud y la pregunta, una incomodidad. Estas pautas eran las que transversalizaban la educación de aquellos tiempos. Con un clima de desconfianza y control, con miedo por no responder a lo requerido, con docentes que eran los dueños del conocimiento y lo transmitían sin la búsqueda de formación de un pensamiento crítico y con estudiantes pasivos, que debían obedecer sin pensar, sin cuestionar, sin preguntar.
Por eso la memoria debe habitar en la escuela. Recordar lo ocurrido durante la última dictadura es una forma de reafirmar el valor de la democracia, pero también de comprender la importancia de formar ciudadanos capaces de pensar críticamente.
En un mundo donde circula una enorme cantidad de información, discursos y mensajes que apelan más a las emociones que al análisis, la tarea de enseñar a pensar adquiere un valor todavía mayor. La educación no sólo transmite contenidos. También forma la manera en que una sociedad interpreta el mundo y decide su futuro.
Tal vez por eso convenga recordar algo simple: la democracia no empieza el día en que se deposita un voto en una urna. Empieza mucho antes. Empieza cuando una escuela educa para la libertad.








