A cincuenta años del inicio de la última dictadura cívico-militar en la Argentina, la memoria colectiva vuelve a interpelarnos con la misma fuerza que exige reflexión, compromiso y acción. Entre las múltiples formas de construir y sostener esa memoria, la música ocupa un lugar singular: es archivo sensible, testimonio emocional y herramienta cultural capaz de atravesar generaciones.
Durante el período comprendido entre 1976 y 1983, el terrorismo de Estado no sólo persiguió militantes políticos y sociales, sino que también avanzó sobre el campo cultural. La censura, la prohibición de obras, el control de los medios y el exilio de numerosos artistas configuraron un escenario en el que la expresión se volvió un acto de riesgo. Sin embargo, incluso en ese contexto adverso, la música logró abrir espacios de resistencia.
Las canciones se transformaron en refugio, en lenguaje cifrado y en canal de denuncia. A través de metáforas, alegorías y poéticas indirectas, muchos artistas encontraron modos de decir aquello que no podía nombrarse de manera explícita. Así, la música no sólo acompañó a quienes vivían ese tiempo, sino que también dejó huellas profundas que hoy permiten reconstruir el clima emocional y social de aquellos años.

La voz de Mercedes Sosa, particularmente, simboliza la dimensión colectiva de la resistencia cultural. Su exilio y posterior regreso condensan el recorrido de una sociedad que fue silenciada y que, sin embargo, encontró la manera de volver a cantar. En esa línea, la música popular argentina se convirtió en un espacio donde lo individual y lo colectivo se entrelazaron, dando lugar a una memoria compartida.
Ya en democracia, muchas de estas canciones adquirieron nuevos sentidos. Obras como “La memoria” de León Gieco no sólo remiten al pasado, sino que lo reconstruyen desde una perspectiva crítica, incorporando nombres, hechos y preguntas que siguen vigentes. De este modo, la música no quedó anclada en el recuerdo, sino que se proyectó como herramienta activa para la construcción de memoria.
En el presente, a cincuenta años del golpe, la música continúa desempeñando un rol fundamental. En un contexto donde las nuevas generaciones no vivieron directamente aquellos acontecimientos, las canciones permiten un acercamiento desde lo emocional. No se trata sólo de conocer la historia, sino de sentirla, de comprenderla desde una dimensión que excede los datos y las cronologías.
La memoria, en este sentido, no es un ejercicio estático ni un simple acto conmemorativo. Es una práctica social que requiere ser actualizada constantemente. La música, con su capacidad de generar identificación, emoción y reflexión, se convierte en una herramienta privilegiada para sostener esa práctica.
En espacios culturales como museos, bibliotecas y centros comunitarios, la incorporación de la música en propuestas vinculadas a la memoria abre posibilidades significativas. La escucha compartida, el diálogo posterior, la contextualización de las obras y la articulación con otros lenguajes (como la literatura o el testimonio) permiten construir experiencias que fortalecen el vínculo entre pasado y presente.
En ciudades como Monte Hermoso, donde la escala comunitaria favorece el encuentro, estas iniciativas adquieren un valor particular. La música no sólo se escucha: se comparte, se comenta, se resignifica. Cada canción puede convertirse en un punto de partida para recuperar historias, para interrogar el pasado y para proyectar una memoria activa hacia el futuro.
A cincuenta años del golpe, recordar no es quedarse en la nostalgia ni en el dolor. Es asumir una responsabilidad colectiva. Es entender que la memoria no se hereda de manera automática, sino que se construye a través de prácticas concretas. Y en ese proceso, la música sigue siendo una aliada fundamental.
Porque hay aspectos de la historia que pueden explicarse, pero hay otros que sólo pueden sentirse. Y es allí donde la música encuentra su potencia: en la capacidad de conectar, de conmover y de hacer presente aquello que no debe olvidarse.
Escuchar, entonces, se convierte en un acto significativo. Escuchar para recordar. Escuchar para comprender. Escuchar para sostener una memoria que no se agota en el pasado, sino que se proyecta como compromiso en el presente.
A cincuenta años del golpe cívico-militar, la música sigue diciendo. Sigue nombrando. Sigue resistiendo. Y en cada canción, la memoria encuentra una forma de permanecer viva.








