En dos notas anteriores de este ciclo que hemos denominado «El mar hace bien”, abordamos una idea que muchas personas comparten: el mar genera bienestar. Analizamos cómo esa experiencia atraviesa generaciones y cómo distintos especialistas han intentado explicar qué ocurre en el cerebro cuando estamos frente al agua. Ahora la pregunta es más concreta: ¿qué sucede en el cuerpo cuando escuchamos el mar?
El sonido del oleaje tiene una característica particular. No es abrupto ni imprevisible. Es rítmico, constante y envolvente. Esa cualidad lo diferencia de la mayoría de los estímulos sonoros urbanos, donde predominan bocinas, motores, alarmas y ruidos intermitentes que activan el estado de alerta.
Desde la fisiología, este tipo de estímulo puede influir en el sistema nervioso autónomo, el encargado de regular funciones involuntarias como la respiración, el ritmo cardíaco y la tensión muscular. Este sistema tiene dos grandes ramas: el sistema simpático, asociado a la activación y la reacción, y el sistema parasimpático, vinculado al descanso y la recuperación.

Un estudio realizado por Alvarsson, Wiens y Nilsson, publicado en 2010 en el International Journal of Environmental Research and Public Health, observó que la recuperación fisiológica luego de una situación estresante era más rápida cuando los participantes escuchaban sonidos naturales —entre ellos agua en movimiento— en comparación con ruido urbano. Los investigadores midieron parámetros como frecuencia cardíaca y conductancia de la piel, y detectaron una normalización más acelerada en presencia de sonidos naturales.
Años más tarde, una investigación publicada en 2017 en la revista Scientific Reports, analizó mediante resonancia magnética funcional cómo el cerebro responde a sonidos naturales. Los resultados mostraron cambios en la conectividad cerebral asociados con estados de atención más relajados y menor rumiación mental, es decir, menor tendencia a repetir pensamientos negativos de manera persistente.
Estos estudios no analizan específicamente el sonido del mar en aislamiento, pero aportan evidencia de que los sonidos de la naturaleza —y particularmente el agua en movimiento— pueden influir en la regulación del estrés y en la actividad cerebral.

No se trata de afirmar que escuchar el mar cure el estrés o reemplace intervenciones médicas. El punto es otro: ciertos entornos favorecen estados fisiológicos distintos. Permanecer frente al mar durante varios minutos puede modificar la respiración, reducir la tensión muscular y alterar el ritmo interno del cuerpo hacia un estado más compatible con la recuperación.
La sensación de calma que muchas personas describen al escuchar el oleaje no es solo una construcción cultural. La evidencia científica sugiere que existen correlatos biológicos medibles que ayudan a explicar esa experiencia.
En la próxima entrega de “El mar hace bien” avanzaremos un paso más: qué ocurre cuando el cuerpo entra en el agua y cómo influyen la temperatura y la presión sobre la fisiología.







