En el cinturón hortícola de La Plata, uno de los principales centros de producción de verduras del país, un equipo de investigadores trabaja en el desarrollo de una alternativa biológica que permita disminuir la dependencia de agroquímicos sin comprometer la calidad ni el rendimiento de los cultivos.
La iniciativa está a cargo del Grupo de Microorganismos de Aplicación en Agricultura del Centro de Investigación y Desarrollo en Fermentaciones Industriales (CINDEFI, CONICET-UNLP), bajo la dirección de la doctora María Flavia Luna, investigadora independiente de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires.
El proyecto, financiado mediante la convocatoria Ideas-Proyecto de la CIC, busca desarrollar bioinsumos a partir de bacterias nativas de la región, capaces de favorecer el crecimiento vegetal y contribuir a la prevención de enfermedades.
La investigación cobra especial relevancia en una zona donde predominan los cultivos bajo invernadero, la labranza convencional y el uso intensivo de insumos químicos. Allí, el tomate es la principal hortaliza cultivada bajo cubierta, mientras que la lechuga ocupa el primer lugar entre los cultivos de hoja.
Bacterias que favorecen el crecimiento de las plantas
El equipo trabaja con bacterias promotoras del crecimiento vegetal, conocidas como PGPB, que cumplen distintas funciones beneficiosas para los cultivos.
Algunas pueden fijar nitrógeno del aire y transformarlo en compuestos aprovechables por las plantas; otras producen fitohormonas que estimulan el desarrollo de las raíces o permiten que el fósforo presente en el suelo esté disponible para su absorción.
Los investigadores cuentan con una colección de 260 bacterias aisladas de plantas de tomate de la región, cuyas propiedades fueron estudiadas en laboratorio.
«Los microorganismos están vivos cuando se aplican: tienen que reproducirse y mantenerse en el tiempo para poder ejercer su efecto promotor», explica Luna.
Por su parte, el doctor Santiago Vio, becario posdoctoral del CONICET e integrante del equipo, señala que «la planta nunca se asocia con una sola especie de bacteria, sino con una población infinitamente diversa».
A partir de esa característica natural, los científicos decidieron combinar diferentes microorganismos en un mismo preparado, dando origen a los denominados bioinsumos multiespecie.
Una combinación de microorganismos para mejorar los resultados
La hipótesis de los investigadores es que la utilización conjunta de varias bacterias compatibles puede ofrecer resultados más estables que la aplicación de una sola cepa.
«Al poner varios microorganismos juntos —algunos con la misma función, otros con funciones distintas— te asegurás de que, si uno no prospera en un entorno determinado, la función que buscás la cumple otro. Eso se llama redundancia funcional», explica la directora del proyecto.
Para determinar las combinaciones más adecuadas, el equipo seleccionó 31 aislamientos bacterianos y evaluó su compatibilidad, descartando aquellos que se inhibían entre sí.
De ese proceso surgieron nueve preparados experimentales: seis destinados a promover el crecimiento de las plantas y tres orientados al control biológico de organismos causantes de enfermedades. Cada uno contiene cuatro componentes bacterianos.
Luna aclara que la eficacia de estas combinaciones debe comprobarse mediante ensayos con plantas en crecimiento.
«No son mágicas: por eso hay que validar y ver qué combinación funciona mejor», sostiene.
Resultados alentadores en lechuga y tomate
Las primeras pruebas se realizaron en condiciones controladas dentro del CINDEFI y mostraron mejoras significativas en el desarrollo vegetal.
En lechuga, uno de los preparados incrementó un 43 % la biomasa de las raíces, un 69 % la parte aérea y un 64 % la biomasa total, en comparación con plantas que no recibieron el tratamiento.
En tomate, otra combinación bacteriana produjo aumentos cercanos al 50 % tanto en la parte aérea como en la biomasa total.
Posteriormente, los investigadores trasladaron los ensayos a condiciones comerciales, mediante experiencias desarrolladas en la plantinera Babyplant S.A. y en la Estación Experimental Gorina del Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense.
Las pruebas permitieron seguir la evolución de los plantines hasta su etapa productiva bajo cubierta.
Uno de los resultados más destacados estuvo relacionado con la sanidad vegetal: la eliminación del fungicida químico durante la producción de plantines no provocó diferencias observables en la aparición de enfermedades ni perjudicó los resultados productivos posteriores.
«Las plantas no se enfermaron más», resume Vio, quien explica que estos bioinsumos actúan principalmente de manera preventiva, al favorecer el desarrollo de plantas más robustas y mejor nutridas.
¿También es posible reducir los fertilizantes?
Los ensayos permitieron evaluar otro aspecto importante: la posibilidad de disminuir la cantidad de fertilizantes utilizados durante el cultivo.
En el caso de la lechuga, reducir a la mitad la fertilización no afectó el rendimiento final. Los tratamientos con bioinsumos alcanzaron pesos comerciales de entre 391 y 405 gramos por planta, frente a los 316 gramos registrados en el tratamiento testigo sin inoculación durante la etapa productiva.
En tomate, en cambio, los resultados fueron diferentes. La reducción del 50 % en la fertilización provocó una disminución en la biomasa de los plantines que los microorganismos no consiguieron compensar.
«Bajamos al 50 % el nitrógeno, fósforo y potasio, y el bioinsumo no llegó a compensar esa reducción. Fue el primer ensayo con esa dosis; probablemente haya que bajar menos», reconoce Luna.
Para los investigadores, estos resultados también aportan información valiosa para perfeccionar las formulaciones y determinar en qué condiciones pueden aplicarse.
«En ciencia cualquier ensayo es exitoso, te dé o no lo que esperás», destaca Vio. Y agrega: «En caso de que el resultado no sea el esperado, aprendés algo y podés ajustar el diseño del próximo».
La investigación continúa avanzando hacia el desarrollo de alternativas que permitan reducir el uso de productos químicos en la horticultura. Aunque todavía es necesario validar y ajustar las distintas combinaciones bacterianas, los resultados obtenidos muestran el potencial de estos microorganismos para contribuir a sistemas productivos más sustentables, sin resignar rendimiento ni sanidad vegetal.








