Tres mujeres, todas vicepresidentas, dos de ellas fueron además presidentas de nuestro país. Las tres eligieron Monte Hermoso. Cristina para veranear el año pasado, Victoria, este año, Isabel, hace medio siglo, degustó una paella y una semana después fue derrocada.
Todo es historia, diría Félix Luna. Todo está guardado en la memoria, según León Gieco.
El faro Recalada a Bahía Blanca cumplió 120 veranos. Desde entonces observa, es vigía y testigo silencioso de lo que ocurre a su alrededor. Si hablara, cuántas cosas podría contar.
El crecimiento del balneario en los últimos años ha sido exponencial. Los turistas eligen estas playas interminables, aguas cálidas y el espectáculo del sol haciendo juego con el horizonte y el mar. El uruguayo Páez Vilaró disfrutó un paisaje similar en Punta del Este, que como Monte Hermoso mira al sur y donde en verano el sol nace y se pone en el mar. El artista plástico acuñó esta frase memorable: «Soy millonario en soles que todos los atardeceres guardo en la alcancía del horizonte».
El año pasado CFK y su hija Florencia veranearon en Sauce Grande. Privacidad y discreción aseguradas. Casa alquilada a metros de la orilla del mar, camino al faro, de amplios ventanales con vista al Atlántico. En la playa la vida continuaba: cada uno en su mundo del metro cuadrado bajo la sombrilla, mateando en familia, caminatas, pesca, tejo y chapuzones.
Quizá por estas razones de eludir la exposición pública de otros balnearios −y por el que muchos se desviven− la vicepresidenta Victoria Villarruel eligió el mismo destino. Descansar con el sonido de la rompiente, pero en la otra punta de Sauce, camino a la Desembocadura. El mismo mar, pero cada una por su lado en la playa de las ideologías.
Cristina permaneció los días de descanso en silencio, sin contacto con los medios ni declaraciones. Hasta ahora, Villarruel hizo lo mismo. A eso vienen: a descansar, a resetear el disco rígido de virus, fake news y trolls, propios del mundo en que vivimos. A disfrutar amaneceres tranquilos y crepúsculos inolvidables.
La historia de mujeres presidentas y vicepresidentas en Monte Hermoso no es nueva; viene de lejos. Medio siglo atrás, María Estela Martínez de Perón estuvo en el balneario, con tanta discreción que pasó desapercibida. Fue en otro contexto, sin días de descanso ni playa. A esa altura era imposible: el país estaba al borde de un abismo institucional.
Durante años procuré confirmar esta información. Recién ahora pude hacerlo con una fuente inobjetable.

Bautista Lanuza y su esposa Vicenta dieron vida y atendían el restaurante especializado en mariscos y paellas. De aspecto modesto, era una casa transformada, donde el espacio más amplio lo hicieron comedor. Pocas mesas, ambiente familiar, el restaurant recibió comensales ilustres, como Carlos Monzón y Susana Giménez, Palito Ortega y Sandro. Bautista era valenciano, oriundo de Altea, de formación anarquista.
Dejó España al asumir Franco; se fue a Túnez y luego decidió radicarse en la Argentina. Chef de alta escuela, fue cocinero de Perón y Evita cuando antes de la quinta de Olivos, la residencia presidencial estaba en la esquina de Austria y Las Heras en la Capital Federal.
Bautista Lanuza era de pocas palabras; lector de filosofía, disponía de una biblioteca con textos en castellano y muchos en francés y latín. Siempre recordaba el plato que más disfrutaba Perón: las milanesas con puré. Y algo llamativo: decía que nunca vio comer juntos a Perón y Evita en la misma mesa, posiblemente porque ambos tenían agendas propias y dispares.
No es posible saber qué la llevó a Isabel a ir a degustar una paella a más de 600 kilómetros de la Casa de Gobierno, en medio de la crisis política que vivía el país. Es probable que Isabel supiera que Bautista había sido chef de Perón. Cuando llegaron al restaurante, primero bajaron los custodios presidenciales y, como es habitual, con modales poco amables intentaron registrar el lugar. Bautista se los impidió.
− A mi casa nadie la revisa, les dijo cerrándoles el paso.
− Si quieren venir a comer, los atiendo; pero si vienen a otra cosa, vayan a comer a otro lado.
Contaba Bautista que la propia Isabel aclaró la situación, les dijo a los custodios que conocía a los dueños y que no era necesario el trámite de chequeo. Así pudieron ingresar y degustar la paella que como siempre cocinaba en el momento.
Una semana después Isabel era derrocada. Comenzaba la última dictadura militar, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.
El Copo de Espuma cerró en los albores del 2000. Estaba ubicado en la calle Valle Encantado 261, muy cerca del centro y del mar. En su lugar hoy se levanta un edificio de departamentos próximo a inaugurar. Al complejo lo bautizaron “Vicenta”, en homenaje a la esposa del chef que hizo historia en el balneario.
Bautista trabajó en hoteles internacionales, cocinó para Perón y Evita. Difícilmente imaginó el nombre de su esposa estampado en el frente de un edificio de departamentos de Monte Hermoso.
Y menos aún que Vicenta aparezca en esta crónica junto a Isabelita, Cristina y Victoria en Monte Hermoso, frente al mar y el aroma que perdura de sus inigualables paellas.
Al menos para nosotros, los que tuvimos el placer de degustarlas.






