No pretendemos aquí desarrollar un artículo religioso ni dirimir sobre la existencia de Dios. Tampoco discutir dogmas ni credos. Nos limitamos a aportar hechos históricos concretos, registrados por crónicas, tradiciones y memorias colectivas que nos permiten reflexionar sobre un elemento central de la experiencia hispana: la fe como factor de unidad y resistencia en situaciones límite.
Durante la Reconquista de la península ibérica, los pueblos posromanos y visigodos, fragmentados política y territorialmente, encontraron en la religión católica un único baluarte común. No era solo una creencia espiritual, era un lenguaje compartido, un orden moral, una identidad que permitía reconocerse como parte de una misma comunidad histórica. En ese marco se inscriben los relatos de episodios extraordinarios ocurridos en momentos decisivos, cuando todo parecía perdido.
El más conocido es el milagro de Covadonga (722), cuando un pequeño núcleo de resistencia cristiana logró detener al poder musulmán en condiciones militares claramente desfavorables. Las crónicas relatan intervenciones que excedían lo puramente estratégico y que fueron interpretadas por los protagonistas de la época como señales de auxilio providencial.
Algo similar ocurrió en el llamado milagro de Empel (1585), cuando los Tercios españoles, rodeados y condenados a muerte por las fuerzas holandesas, sobrevivieron gracias a un giro inesperado de los acontecimientos naturales.
Más allá de la interpretación que cada época ha hecho de estos hechos, lo relevante es su efecto político y social: fortalecieron la unidad y la moral colectiva.
En América Hispana, y en Argentina en particular, también se registran episodios de esta naturaleza. En la Batalla de Tucumán, librada en septiembre de 1812, el Ejército del Norte al mando del Gral. Manuel Belgrano obtuvo una victoria decisiva frente a las fuerzas realistas. Las fuentes de la época atribuyen el desorden del enemigo a la irrupción de una inmensa bandada de langostas que dificultó la visión y dispersó las filas españolas. Un fenómeno natural, sí, pero ocurrido en el momento justo y con consecuencias estratégicas determinantes. Aquella victoria permitió frenar el avance realista y consolidar el control rioplatense sobre el noroeste argentino.
La historiografía liberal, inaugurada por Bartolo Mitre, y reproducida durante décadas en el sistema educativo, omitió sistemáticamente estos hechos, no por falta de registros sino porque no encajaban en una visión racionalista, progresista y materialista de la historia. Se expulsó así del relato nacional toda dimensión simbólica, espiritual y comunitaria.
No es casual que mientras sostuvo una fe religiosa compartida −católica, romana− nuestro pueblo fuera reconocido como uno de los más solidarios, alegres y combativos frente a la injusticia. La fe no operaba como alienación, sino como certeza de no estar solo, como horizonte de sentido colectivo, comunitario.
Hoy, el avance del materialismo extremo y de formas de individualismo importadas −entre ellas ciertas corrientes protestantes desvinculadas de la comunidad− nos empuja a convertirnos en un país más, sin raíces ni sentido trascendente.
Recuperar estos hechos no es volver al pasado: es recordar que las naciones no se sostienen solo con economía y poder sino también con creencias compartidas y una idea común de destino.







