Con motivo de los XXV Juegos Olímpicos de Invierno que se celebran en Milán y Cortina d’Ampezzo, y de los XIV Juegos Paralímpicos, el Papa León XIV difundió una carta titulada “La Vida en Abundancia”, en la que propone una profunda reflexión sobre el significado humano, cultural y espiritual del deporte.
Lejos de limitarse a un saludo protocolar a atletas y organizadores, el documento —que puede leerse completo en español— recorre la tradición cristiana, el pensamiento filosófico y la realidad contemporánea para reafirmar que el deporte, cuando es vivido con autenticidad, puede convertirse en escuela de vida, instrumento de paz y ámbito privilegiado de formación integral.
Deporte y construcción de la paz
Uno de los ejes centrales de la carta es el vínculo entre deporte y paz. El Pontífice retoma la tradición de la “tregua olímpica”, nacida en la antigua Grecia para suspender hostilidades durante los Juegos, y la presenta como símbolo y profecía de un mundo reconciliado.
En esa línea, recuerda palabras de san Juan Pablo II, quien definió al deporte como un factor que exige “un espíritu de mejor comprensión mutua y amistad”, capaz de contribuir a la construcción de un mundo más pacífico. Frente a la lógica de la guerra —que el Papa define como “una derrota de la humanidad”— el deporte aparece como un espacio reglado donde el adversario no es enemigo, sino compañero en la búsqueda compartida de excelencia.
El Santo Padre exhorta a las naciones a redescubrir el valor de la tregua olímpica en un contexto global marcado por conflictos y polarizaciones, y advierte que la competencia auténtica presupone un pacto ético compartido, basado en el respeto de las reglas y la dignidad del otro.
Formación integral y tradición cristiana
León XIV dedica amplios pasajes a fundamentar el interés de la Iglesia por el deporte a partir de una visión integral de la persona. Citando el Evangelio de Juan —“Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia”— sostiene que el deporte debe tener siempre a la persona en el centro, incluso en el ámbito profesional y de alto rendimiento.
El documento recorre referencias históricas y teológicas, desde san Pablo —quien utilizó metáforas atléticas para hablar de la vida cristiana— hasta santo Tomás de Aquino, quien reflexionó sobre el valor del juego y la recreación como parte de una vida virtuosa. También menciona a san Juan Bosco y a otros educadores que integraron el deporte como herramienta pedagógica y de evangelización.
En esa tradición, el Papa reafirma que el cuerpo no es una realidad secundaria ni opuesta a la vida espiritual, sino parte constitutiva de la unidad humana. Por ello, el deporte puede contribuir a la maduración de virtudes personales, cristianas y civiles, como la disciplina, la perseverancia, la fraternidad y el perdón.
Riesgos contemporáneos y “dictadura del rendimiento”
La carta no elude los desafíos actuales. León XIV advierte sobre la “corrupción” del deporte cuando el negocio y la maximización de ganancias se convierten en la motivación principal, desplazando la dignidad de las personas y el bien común.
Critica la reducción del atleta a mercancía y alerta sobre la “dictadura del rendimiento”, que puede derivar en dopaje, fraudes y manipulación de resultados. En ese contexto, retoma una expresión del Papa Francisco para señalar que nadie puede “servir a dos señores”, subrayando la incompatibilidad entre la lógica del lucro absoluto y los valores propios del deporte.
También advierte sobre la violencia en las hinchadas, la instrumentalización política de las competiciones internacionales y el impacto de fenómenos como el transhumanismo y la inteligencia artificial cuando pretenden redefinir artificialmente los límites del cuerpo humano.
Competición, límite y cultura del encuentro
Un aspecto destacado del texto es la reflexión sobre el sentido profundo de la competición. El Papa recuerda que la palabra proviene de las raíces latinas cum (juntos) y petere (buscar), subrayando que competir no significa destruir al otro, sino buscar juntos la excelencia.
En esa perspectiva, el límite no es obstáculo sino condición de sentido; y la regla no es imposición arbitraria, sino la “gramática” que hace posible el juego. Vencer no debería implicar humillar, ni perder reducir la dignidad de la persona.
El deporte, sostiene el Pontífice, puede educar a aceptar la derrota sin desesperación y la victoria sin arrogancia, formando una relación madura con el éxito y el fracaso. Cuando se vive así, se convierte en expresión concreta de una “cultura del encuentro”.
Una pastoral del deporte
En el tramo final, León XIV propone fortalecer una pastoral específica del deporte, reconociéndolo como ámbito donde se forman imaginarios y estilos de vida. Sugiere que las Iglesias locales desarrollen espacios de acompañamiento y reflexión ética, tanto en el deporte profesional como en el de base.
La “vida en abundancia” que da título a la carta no se refiere a una acumulación de éxitos, sino a una plenitud que integra cuerpo, relaciones e interioridad. Desde esa perspectiva, el deporte puede ser verdaderamente escuela de humanidad, si se libera de lógicas reduccionistas y se vive como experiencia compartida de respeto, disciplina y fraternidad.








