La contaminación por plásticos suele asociarse al mar o a los ríos, pero cada vez hay más evidencias de que también forma parte del aire que se respira. Un proyecto científico en la provincia de Buenos Aires busca justamente identificar y mapear la presencia de microplásticos en ambientes cerrados, una problemática que aún se conoce poco pero que comienza a despertar preocupación en el ámbito académico.
El trabajo es llevado adelante por el investigador Jonatan Gómez, de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (CIC), en la Universidad Nacional de Luján. La iniciativa evalúa la concentración de microplásticos en aulas, oficinas y laboratorios mediante el uso de líquenes como bioindicadores ambientales.
Los líquenes son organismos formados por la asociación entre un hongo y un alga y tienen una particularidad que los vuelve muy útiles para este tipo de estudios: no poseen raíces ni sistemas propios de filtrado, por lo que todo lo que incorporan proviene directamente del aire. Por esa razón, las partículas que quedan atrapadas en su estructura reflejan con bastante precisión la calidad del ambiente donde crecen.

El estudio se desarrolló durante todo 2025 y tiene como objetivo construir un mapa que permita conocer qué se respira en espacios donde circulan a diario estudiantes, docentes, personal universitario y visitantes. La intención es repetir el muestreo cada año para generar un sistema de biomonitoreo ambiental que permita comparar resultados a lo largo del tiempo.
Los resultados preliminares muestran que algunos ambientes cerrados de la universidad registran concentraciones de microplásticos superiores a las reportadas en instituciones educativas de Europa, lo que refuerza la necesidad de prestar mayor atención a este tipo de contaminación.
Uno de los hallazgos más llamativos es que la acumulación de microplásticos aumenta cuando hay menor circulación de aire. En espacios cerrados las partículas pueden depositarse en el polvo y el suelo, pero vuelven a suspenderse en el aire cuando las personas se mueven o caminan.
Entre los sectores con mayor presencia de estas partículas se encuentran las zonas donde se utilizan impresoras 3D, ya que durante el proceso de impresión se liberan pequeñas fibras de plástico de forma constante. Sin embargo, los investigadores señalan que también actividades cotidianas pueden liberar microplásticos: por ejemplo, al abrir un paquete de snacks se desprenden cientos de partículas microscópicas que quedan flotando en el aire.
A pesar de la creciente evidencia sobre su presencia, todavía se sabe poco sobre los efectos de la inhalación de microplásticos en la salud humana. De hecho, aún no existen normas internacionales que establezcan niveles aceptables de estas partículas en el aire.
Los científicos remarcan que el objetivo del estudio no es determinar si un valor es “alto” o “bajo”, sino comparar distintos ambientes para identificar dónde se concentran más partículas y orientar futuras investigaciones.
Los microplásticos, fragmentos menores a cinco milímetros provenientes del desgaste de materiales plásticos, ya han sido detectados en agua, suelos, alimentos y organismos vivos. La investigación confirma que también están presentes en el aire de los espacios que habitamos, una forma de contaminación silenciosa que todavía está lejos de comprenderse por completo.
El desafío, señalan los investigadores, será continuar generando información, ampliar los estudios y avanzar hacia estrategias que permitan reducir la exposición cotidiana a estas partículas invisibles.







