La educación es un derecho humano, un bien público y una responsabilidad colectiva. No pertenece solo a las escuelas ni a los docentes: pertenece a la comunidad que decide qué futuro está dispuesta a construir. Por eso la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 24 de enero como Día Internacional de la Educación como un recordatorio del papel que la educación desempeña en la paz, el desarrollo y la cohesión social.
Sin una educación de calidad, inclusiva y equitativa, y sin oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida, las sociedades quedan atrapadas en círculos que se repiten: desigualdad de género, pobreza heredada, exclusión persistente. Educar no es solo transmitir contenidos; es habilitar horizontes.
Los datos globales interpelan con crudeza. 250 millones de niños y jóvenes están fuera del sistema educativo. 763 millones de adultos son analfabetos. No son cifras abstractas: son derechos vulnerados, historias interrumpidas, futuros condicionados de antemano. Frente a este escenario, administrar lo existente no alcanza: es necesario transformar la educación.
En Argentina, las cifras son bastante más alentadoras. Según el Censo 2022, la tasa de analfabetismo es del 1,9%, lo que posiciona al país entre los niveles más bajos de América Latina, con un 98,08% de población alfabetizada. Es un logro histórico que habla de una tradición educativa fuerte y de la escuela como institución fundante de la vida democrática. Sin embargo, el detalle de estos números deja ver las disparidades regionales, ya que el analfabetismo es mayor en algunas zonas como el NOA, con cifras alarmantes entre el 4 y 5% de analfabetismo.
Hoy también hablamos de otros problemas preocupantes: el analfabetismo funcional. Aunque escolarizados, 1 de cada 10 chicos de tercer grado no logra leer con comprensión. Este es un reclamo constante de los distintos niveles, que acusan a los y las estudiantes como decodificadores del texto, pero con escasa comprensión.
El dato histórico es elocuente: en 2010 la tasa de analfabetismo era también del 1,9%. La cifra se mantiene estable pese al crecimiento poblacional. La pregunta, entonces, ya no es solo cuántos ingresan al sistema, sino qué calidad de experiencia educativa se ofrece y con qué profundidad.
El calendario educativo 2026 organiza el tiempo escolar con un inicio de clases presenciales previsto para el lunes 2 de marzo (para inicial, primaria y secundaria), con el objetivo de cumplir 190 días de clase. El receso invernal se extenderá del 13 al 24 de julio, y el ciclo lectivo finalizará el 18 de diciembre. El nivel superior comenzará el 18 de marzo.
Si hablamos del aspecto presupuestario, esta política de estado ofrece cuestiones de preocupación y con poca perspectiva de mejoramiento y de compromiso político. El presupuesto 2026 abre una tensión difícil de ignorar. Aunque se proyecta un aumento nominal del 23%, la inversión educativa nacional se estima en torno al 0,75% del PBI, consolidando una tendencia decreciente en la participación del gasto educativo, que se arrastra desde 2015. Se anticipan además ajustes en áreas sensibles como educación, ciencia y tecnología.
A la par, emergen reformas y debates estructurales: un proyecto de Ley de “Libertad Educativa” que propone mayor autonomía escolar, habilita el homeschooling y crea consejos de padres; la implementación del Examen Nacional de Educación Secundaria (ENES) como instancia de cierre del nivel medio; y cambios pedagógicos en el nivel inicial, como la eliminación de la unidad pedagógica y la evaluación separada de primero y segundo grado. Medidas que abren preguntas profundas sobre el sentido de evaluar, enseñar y acompañar las trayectorias.
Así, la educación vuelve a quedar en el centro de una encrucijada: entre el derecho proclamado y el recurso asignado, entre la igualdad enunciada y la desigualdad territorial, entre el calendario que ordena y la experiencia que transforma.
Porque educar no es solo sostener días de clase ni aprobar exámenes. Educar es un acto ético y político en el sentido más noble: decidir si una sociedad apuesta por formar sujetos críticos, sensibles y libres, o apenas administra aprendizajes mínimos para sobrevivir en un mundo desigual.
La educación no es solo un derecho que se garantiza desde el Estado ni un indicador que se mide en estadísticas. Es, para millones de personas, la posibilidad real de cambiar el lugar que les fue asignado. El ascenso social no ocurre por inercia: ocurre cuando el conocimiento abre una puerta que antes estaba cerrada.
Para muchas familias, la escuela y la universidad representan la primera oportunidad de romper una cadena histórica: trabajos precarios heredados, horizontes limitados, futuros que parecían escritos de antemano. Estudiar no es solo aprender contenidos; es aprender a nombrar el mundo, a comprenderlo, a discutirlo y, en el mejor de los casos, a transformarlo.
El acceso a la educación superior cumple un rol decisivo. No se trata únicamente de obtener un título universitario, sino de adquirir herramientas que amplían la mirada, fortalecen la autonomía intelectual y habilitan mejores condiciones laborales. La educación mejora el empleo, pero también dignifica el trabajo: permite elegir, negociar, proyectar. Permite no depender exclusivamente del azar o de la herencia social.
El beneficio educativo no se agota en lo económico. Una persona educada accede con mayor plenitud a la cultura, a la participación ciudadana, a la toma de decisiones informadas. Vive mejor no solo porque gana más, sino porque comprende más, porque puede leer críticamente la realidad, ejercer derechos, cuidar su salud, acompañar a otros.
Por eso, defender la educación es defender la idea de que nadie está condenado a repetir su punto de partida. Que el origen no sea destino. Que el conocimiento siga siendo ese puente —frágil, exigente, pero posible— entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Porque educar, en definitiva, es el acto político más potente que una sociedad puede ejercer sin levantar la voz: apostar a que el conocimiento siga siendo el puente entre la desigualdad y la justicia social, entre el presente que duele y el futuro que todavía puede construirse.







