La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari enluta a la música argentina, pero también a una parte profunda de la cultura popular. Porque el Indio no fue solamente un cantante. Fue una voz, una poética, una forma de decir. Fue, para varias generaciones, una manera de mirar el mundo desde los márgenes, desde la sospecha, desde la belleza esquiva de sus letras y desde esa liturgia colectiva que transformó cada recital en una ceremonia.
Nacido en La Plata en 1949, Solari comenzó a construir su camino artístico lejos de los moldes tradicionales. A mediados de los años setenta, junto a Skay Beilinson y otros compañeros de ruta, dio forma a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que con el tiempo se convertiría en uno de los fenómenos culturales más importantes de la Argentina. No solo por sus canciones, sino por su modo de existir: independiente, autogestivo, resistente a las reglas del mercado y ajeno a las lógicas convencionales de la industria musical.
Durante los años ochenta, en una Argentina que salía de la dictadura y empezaba a reencontrarse con la democracia, Los Redondos comenzaron a ocupar un lugar singular. Su música no explicaba la realidad de manera directa, pero la atravesaba. La intuía. La convertía en imágenes. En discos como Gulp!, Oktubre y Un baión para el ojo idiota, la banda fue moldeando un lenguaje propio: guitarras filosas, climas oscuros, frases crípticas y una voz que parecía venir de algún subsuelo poético de la historia argentina.
En los noventa, el fenómeno se volvió masivo sin perder su aura de misterio. Bang! Bang!… Estás liquidado, La mosca y la sopa, Lobo suelto, cordero atado y Luzbelito consolidaron una obra que excedía lo musical. Cada canción parecía traer una contraseña. Cada recital reunía a miles de seguidores que no iban solamente a escuchar una banda: iban a reconocerse entre sí. El público ricotero construyó una identidad propia, una comunidad afectiva, barrial, popular y profundamente argentina.
Pero el Indio también fue silencio, distancia y enigma. Eligió hablar poco, aparecer menos y dejar que la obra dijera lo esencial. En tiempos de exposición permanente, Solari hizo de la reserva una posición artística. No necesitó multiplicarse en pantallas para ser central. Su figura creció, precisamente, en esa tensión entre la presencia de su voz y la ausencia deliberada de su vida privada.
Tras la separación de Los Redondos, en 2001, inició su etapa solista junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Allí volvió a demostrar que su vínculo con el público seguía intacto. Sus conciertos convocaron multitudes y reafirmaron una relación pocas veces vista entre un artista y sus seguidores. Ya no estaba Patricio Rey, pero seguía estando esa ceremonia popular: las banderas, los cantos, las rutas colmadas, las generaciones mezcladas, los padres con sus hijos, los amigos abrazados bajo una misma canción.
En 2016, el propio Solari hizo público que padecía Parkinson, enfermedad que fue limitando progresivamente su actividad sobre los escenarios. Aun así, su presencia simbólica nunca se apagó. Continuó participando de proyectos musicales, acompañando a Los Fundamentalistas y sosteniendo, desde otro lugar, ese lazo emocional que lo unía con su gente.
El Indio Solari deja una obra inmensa, pero también deja algo más difícil de medir: una marca sentimental. Sus canciones forman parte de la memoria íntima de miles de argentinos. Están en viajes, en adolescencias, en sobremesas, en noches de ruta, en banderas gastadas, en tatuajes, en vinilos, en casetes, en discos rayados y en gargantas que alguna vez cantaron hasta quedarse sin voz.
Hay artistas que acompañan una época. Otros, más escasos, la inventan. El Indio pertenece a esa segunda estirpe. Convirtió el rock en territorio, la canción en refugio y la poesía en una forma de resistencia. Su muerte duele porque se va una figura irrepetible, pero también porque con él se despide una parte de nuestra educación emocional.
Quedará su voz. Quedarán sus imágenes imposibles. Quedará esa manera de escribir como quien deja señales en la niebla. Quedará el eco de una multitud cantando, una vez más, como si el tiempo no pudiera contra ciertas canciones.
Porque el Indio se fue, pero su obra seguirá brillando.
Y en algún lugar de la memoria colectiva, Patricio Rey todavía está tocando.








