Toda ciudad tiene símbolos que la identifican. Monte Hermoso también. Más allá de su extenso mar, su imponente faro y su laguna, Librería Ricel ocupa desde 1961 un lugar especial en la memoria colectiva, del mismo modo que lo hizo Pichicai.
Aquella confitería majestuosa ubicada en Dufaur y Valle Encantado se convirtió durante años en parada obligada para turistas y residentes. Muchos todavía recuerdan, con brillo en los ojos, sus pizzas, sus helados y ese ambiente que parecía formar parte inseparable de cualquier verano montermoseño. Pichicai engalanaba las fotografías familiares y también las historias personales. Allí muchos jóvenes dieron sus primeros pasos laborales y, aún hoy, recuerdan que Pocho y Celia —su esposa— los trataban como parte de la familia. Eran tiempos de temporadas intensas, de mucho trabajo y de una ciudad que crecía sin detenerse.
Con esa misma impronta nació Librería Ricel. Primero como kiosco y librería frente a Pichicai, y luego como un local dedicado exclusivamente a los libros, al lado de donde había funcionado la confitería. Fue la primera librería de Monte Hermoso. En verano se abastecía con los ejemplares más buscados, entre best sellers y clásicos, y allí siempre estaba el asesoramiento de Pocho y de Celi, con esa cercanía que transformaba cada visita en una charla.

Pero Pocho también era tango. Y quizá allí aparecía una de sus pasiones más profundas. Gran conocedor de la música ciudadana, condujo durante años un programa de tango en la radio AM de su ciudad natal, Coronel Dorrego. Hablar con él sobre música era escuchar a alguien que conocía composiciones, autores, músicos y cantantes con una pasión contagiosa. Uno podía quedarse horas conversando y aprendiendo.
Escucharlo era descubrir artistas y entender por qué ciertas figuras merecían reconocimiento. A veces sorprendía con esas revelaciones que solo pueden ofrecer quienes saben de verdad. En una charla sobre Cacho Castaña, por ejemplo, defendió su valor como uno de los autores más prolíficos del tango argentino, explicando el respeto que despertaba entre otros músicos y el peso cultural de su obra. Y entonces uno entendía la importancia de escuchar a quienes conocen profundamente aquello que aman.

Eso es parte de lo que queda en la memoria de quienes lo conocieron: su identidad peronista, su aporte a la cultura local, su compañera inseparable Celia y sus hijos, continuadores de un proyecto construido con imaginación, trabajo y perseverancia.
Las tardes ya no serán iguales sin Pocho. Pero Librería Ricel seguirá allí, sostenida por la historia y por quienes continúan ese legado de lectura, encuentro y memoria.
Ricardo falleció este lunes 11 de mayo en Coronel Dorrego, a los 91 años. Buen viaje, Pocho. Seguramente seguirá llenando otros espacios de música y de historias.








