Por Horacio Morel *
La imagen se replica en cualquier bar de toda gran metrópoli, no importa de qué lugar del mundo se trate. Las mesas del salón rara vez son el escenario de las conversaciones de antaño, cuando los amigos o parroquianos se sentaban, programada o casualmente, a sencillamente hablar de la vida. También resulta poco habitual encontrar en algún rincón de la cafetería a aquel solitario lector que recorría serenamente —aunque sin disimular sus emociones— las páginas de un libro frente a la taza humeante. Hoy la mayoría (a veces todos, literalmente) permanecen sentados a las mesas, solos, con la cervical inclinada en actitud casi reverente hacia el celular, en silencio. Incluso no es inusual, en cualquier otro ámbito —incluida la mesa familiar o una «reunión» de amigos— que quienes podrían y deberían estar conversando estén cada uno pendiente de la pantalla de su dispositivo, ensimismados y encorvados, ignorando a los demás.
Es la primera imagen que me viene en mente cuando leo los resultados del último informe del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, publicado apenas unos días atrás por Infobae. Los datos son elocuentes: Argentina registró una caída del 47% de nacimientos en la última década, pasando de 777.012 a 413.135 nacimientos anuales, en apenas diez años. De ese modo, si bien la tasa de natalidad aún se ubica en el 11 por mil habitantes (un valor similar al de Brasil con el 11,7 por mil, o al de México con el 12 por mil), la tasa de fecundidad se desplomó a 1,2 hijos por mujer (contra el 1,6 de los otros dos países latinoamericanos). Parte del descenso de nacimientos en la Argentina se explicaría por la sanción de la Ley del Aborto (unos 120.000 al año, según señalan las organizaciones que promueven la derogación de la norma), y también la marcada caída de embarazos adolescentes producto de las eficaces campañas de prevención y anticoncepción llevadas adelante desde diferentes niveles estatales (tal factor justificaría unos 60.000 nacimientos menos al año, ya que en la última década los embarazos adolescentes bajaron de 117.000 anuales a los actuales 48.000 por año). Pero como se ve, ni la anticoncepción adolescente ni la práctica del aborto legalizado llegan a dar cuenta de la estrepitosa caída de la tasa de natalidad.
Está claro que estamos hablando de indicadores muy lejanos a los europeos (España e Italia tienen tasas de natalidad cercanas al 6,5 por mil y la tasa de fertilidad es de 1,1 y 1,2 hijos por mujer, respectivamente), pero en todo caso se trata de índices absolutamente lejanos del mínimo indispensable para el deseable reemplazo poblacional, establecido en 2,1 nacimientos de hijos vivos por mujer. Ya conocemos las consecuencias de esta catástrofe demográfica: sistemas previsionales en jaque, mayor cantidad de ancianos solos sin familia que los cuide, mayor presión sobre el sistema de salud pública, menos fuerza de trabajo disponible para las actividades productivas de toda índole, deterioro general de la recaudación fiscal, envejecimiento de la población, extinción de las antiguas redes de solidaridad familiar.
Pero dejemos el frío análisis de los datos estadísticos para los sociólogos y los economistas, y hagamos la pregunta pertinente: ¿por qué la mayoría de los jóvenes argentinos no quieren tener hijos?
Una contradicción solo aparente
El informe de la UA indica que hoy solo el 46% de los argentinos (y solo el 34% de los jóvenes de entre 18 y 34 años) considera la maternidad y la paternidad como muy importantes para su plenitud vital, contra el 77% de una década atrás. Más del 57% de los jóvenes manifiesta que tener hijos no forma parte de su proyecto de vida, privilegiando el 32% de los encuestados la autonomía personal para tener «experiencias» como viajes o su desarrollo profesional. Por supuesto que la crisis laboral y económica, y la insuficiencia de políticas públicas de sostenimiento a las familias, aparece como causa de la decisión de no tener hijos para un nada insignificante 22,5%.
Sin embargo, hay dos datos del informe que llaman poderosamente la atención, sugiriendo una contradicción que a primera vista parece evidente: mientras que otros ámbitos de participación comunitaria descienden en la valoración de los argentinos, la vida familiar sigue siendo el pilar fundamental de la existencia personal, con un abrumador 43,2% por sobre el 12,7% del éxito profesional o el 12% de la amistad. El marcado descenso del índice de nupcialidad (2,9 por mil habitantes) emparenta ya a la Argentina con Italia, que tiene el mismo índice en el último año, ambos por debajo de España (3,5 por mil), de Brasil (5,8 por mil) y de México (5,4 por mil).
Entonces, ¿en qué quedamos? Los argentinos valoramos a la familia como la mayor fuente de plenitud de vida, pero ya no nos queremos casar ni tener hijos… Afortunadamente, para resolverlo, la Argentina también tiene el mayor índice de psicólogos por cada diez mil habitantes (223, primer puesto absoluto a nivel mundial), superando con creces a países como Brasil (12), México (3), España (6), Italia (3), Francia (48), EE.UU. (30) o Canadá (49 psicólogos cada 100.000 habitantes).
Pero este aparente trastorno de personalidad múltiple nacional tiene una explicación que nos ahorra el viaje hasta Villa Freud (y la consulta): la mayor causal alegada por ese 57% de jóvenes que no desea tener hijos es, según el informe de la UA, no la opción por una mayor independencia personal o las causas económicas, sino la ausencia de pareja estable, según respondió el 38,2% de los encuestados. Entonces, no es simplemente que no quieran, sino que —tal vez— no pueden.
Celulares y algo más
Hoy los vínculos interpersonales están en principio favorecidos por las redes sociales, pero —al mismo tiempo— obstaculizados o condicionados por la virtualidad. El dispositivo se interpone entre nosotros, muchas veces alterando la eficacia de la comunicación, paradójicamente. Recientemente, el National Bureau of Economic Research (una ONG con sede en Cambridge, Massachusetts) culpó al teléfono celular de la caída de la tasa de fecundidad en EE.UU., al menos en un porcentaje de entre el 33% y el 52% de incidencia según diferentes zonas analizadas, al comparar el descenso de la fertilidad, condado por condado, con el acceso temprano a los smartphones, concluyendo que los móviles redujeron las interacciones personales, la frecuencia de relaciones sexuales, al tiempo que aumentaron el consumo de pornografía. Si bien los investigadores del NBER aclaran que no pueden establecer un vínculo de causalidad directa, ciertamente —dicen— es un dato que sugiere una correlación imposible de ignorar.
Se trata entonces de indagar un poco más allá de la fácil e inmediata justificación que nos brinda la distancia y falta de contacto que impone la virtualidad. No cabe duda de que las redes sociales nos invaden con imágenes de vidas «perfectas» y estándares irreales de belleza y éxito, versión editada de la realidad, propiciando la comparación permanente. Parangón que, en el caso de personalidades frágiles, da lugar a sentimientos de vacío y de inseguridad emocional. Pero, ¿es solo eso? ¿Explica por sí sola la proliferación de dispositivos móviles y actividades en red el desinterés o la incapacidad de forjar vínculos afectivos duraderos y fecundos? La respuesta negativa se impone.
Como mínimo, es posible identificar tres factores fundamentales que desbordan el simple ejercicio de libertad que expresan los jóvenes de hoy al manifestar su falta de entusiasmo por una afectividad madura, cuya responsabilidad invariablemente recae sobre la generación precedente, la de sus padres, la nuestra:
Un déficit afectivo. Es sabido que, según la psicología, la falta de confianza en uno mismo afecta a la autoestima y a las relaciones interpersonales, y puede manifestarse de diversas formas, desde el miedo al rechazo hasta la necesidad constante de validación ajena. Si un joven creció en un entorno en el que se lo criticaba permanentemente, o en el que el afecto estaba de alguna manera condicionado a su conducta, o a sus éxitos escolares, o en un hogar carente de libertad para expresar libremente sus emociones, o teniendo que demostrar constantemente su valía, ello puede provocar sentimientos de inseguridad e insuficiencia, que se arrastran a la vida adulta. Las personas que han experimentado críticas constantes o rechazo en el pasado suelen desarrollar una hipersensibilidad a la opinión de los demás, lo que aumenta su inseguridad. Esta inseguridad se manifiesta en la dificultad para expresar opiniones, el miedo al juicio y la necesidad de complacer a los demás para sentirse aceptados. Las personas inseguras suelen dudar constantemente de sus decisiones, temen equivocarse, necesitan la validación externa antes de actuar y, por ende, pueden llegar a paralizarse frente a decisiones u opciones «para toda la vida». ¿Qué tipo de ambiente predominó en los hogares en que crecieron los jóvenes de hoy?
Una deuda educativa. La otra cara de la moneda es una educación light, relativista, evasiva, esquiva de las dificultades, huidiza frente a los problemas, sorteadora de obstáculos y de conflictos, carente de valores fundamentales o al menos sostenidos poco enfáticamente. ¿Hemos educado a los jóvenes de hoy a enfrentar la vida? ¿O los hemos entrenado para surfear la realidad? ¿Pusimos en el centro de su educación el «yo» y el «nosotros», con toda su dramática complejidad? Si la opción de los adultos responsables de la educación de los jóvenes fue allanarles por todos los medios la travesía, ahorrándoles el arduo camino de la madurez, ello fue necesariamente en desmedro del desarrollo de su inteligencia y su capacidad de juicio crítico, no solo proyectado sobre los contenidos curriculares, sino fundamentalmente sobre los aspectos existenciales y morales de la vida. Si la educación no incluyó la introspección, la observación, la reflexión y el autoconocimiento, no les hemos proporcionado las herramientas necesarias para juzgar reacciones, percepciones, pensamientos, emociones y conductas. De esa manera, es imposible detectar patrones de inseguridad y transformarlos en certeza que anime una orientación decisiva de la propia vida.
Un fallido comunicacional. Suponiendo que fuera cierto que la generación precedente alcanzaba un punto de madurez a más temprana edad, que no eludía los compromisos adultos como el matrimonio y la parentalidad, entonces cabe preguntarse cómo lo hemos transmitido a los jóvenes, para que estos en su mayoría hayan decidido deliberadamente no seguir nuestro mismo itinerario. Posiblemente, el sacrificio que hemos hecho trabajando, lidiando con las dificultades, formando y sosteniendo una familia, no ha sido acompañado en su comunicación con todo el peso de sentido con el que lo llevamos a cabo, sino en todo caso precedido por el cansancio y el lamento. Privada la comunicación del aire fresco proporcionado por el significado, la experiencia transmitida puede haber tenido como música de fondo una melodía triste. Si allá por el 1600 los teólogos de Salamanca, al pedir al Papa Clemente VII la canonización de Teresa de Ávila, definieron el «grado heroico» con el que había vivido las virtudes cristianas como expresión de un comportamiento desplegado «con naturalidad y sin ninguna afectación», es decir, gozosamente, nuestro problema no es solo de comunicación intergeneracional, es una crisis de santidad. ¿Vivimos que la plenitud de vida no siempre coincide con una «felicidad» entendida en términos mundanos como una simple «suma de buenos momentos»? En los hechos, ¿con qué asociamos el amor, con el vaciarse o con el llenarse? ¿Comunicamos una alegría real, verdadera, del acto de amar?
Los jóvenes no necesitan ser el objeto de nuestra crítica amarga; son en todo caso el espejo en el que nosotros los adultos podemos mirarnos con sinceridad para decidirnos a reencauzar nuestras vidas, nuestras decisiones y nuestra sociabilidad para hacer del mundo un lugar más humano, en el que los bares vuelvan a ser el paraíso del diálogo, de las risas y también de las discusiones (por qué no, al fin y al cabo qué tiene de malo pensar distinto) y en el que la vida sea el lugar donde las miradas se crucen, sin miedo y con confianza, en un «te quiero» y un «yo también». Para siempre.
* El autor es columnista en Páginas Digital








