En estos tiempos, donde la comunicación digital ocupa un lugar preponderante, la lingüística también adquiere un protagonismo singular.
Muchas veces, en un intento de representar mediante signos —el lenguaje escrito— las expresiones propias del lenguaje hablado, escribimos saludos u opiniones repitiendo vocales.
Cuando escribimos «Holaaaaa» no estamos agregando información nueva al significado de la palabra «hola». Lo que hacemos es codificar la prosodia: intentamos representar por escrito aspectos de la voz que normalmente solo existen en el habla, como la duración, la entonación, el énfasis y la carga afectiva.
La repetición de vocales puede transmitir distintas emociones según el contexto:
«Holaaaaa» → entusiasmo, cercanía y alegría por el encuentro.
«Nooooo» → sorpresa, protesta o desesperación.
«Sííííí» → celebración o convencimiento.
«Buenoooo…» → duda, resignación o la introducción de un tema delicado.
Se trata de un recurso fascinante, porque el lenguaje escrito, especialmente en la comunicación digital, ha desarrollado estrategias para recuperar elementos que antes pertenecían exclusivamente a la oralidad. Lo mismo ocurre con los puntos suspensivos, las mayúsculas, los emojis o incluso la repetición de consonantes («jajaja», «mmm», «ehhh»).
Existen investigaciones en pragmática y lingüística computacional que muestran que estos alargamientos vocálicos funcionan como marcadores paralingüísticos: sustituyen gestos, tono de voz e incluso expresiones faciales. En cierto modo, el texto intenta «volver a hablar».
Podríamos afirmar, además, que hay algo casi filosófico en este fenómeno. Durante siglos se pensó que la escritura era una representación fría del lenguaje. Sin embargo, en internet estamos recorriendo el camino inverso: humanizamos la escritura para que vuelva a sonar como una voz. Es como si la palabra escrita se resistiera a perder el calor de quien la pronuncia.
Tal vez, cuando le escribimos «Holaaaaa…» a alguien, no estamos formulando solo un saludo. Tal vez también estamos diciendo: «¡Qué bueno encontrarnos otra vez!».
Qué maravilloso es el lenguaje. Más allá de ser uno de los primeros símbolos que el ser humano adoptó en los albores de la civilización, nos atraviesa no solo como cultura, sino también como representación.
Por eso resulta tan válido incorporar a estos códigos digitales aquellos estados emocionales que intentamos transmitir mediante estos —tal vez— nuevos signos.
La comunicación digital. Esa misma que, en las redes sociales, vende, valida, desaprueba, haitea… Esa misma con la que, día a día, estamos construyendo nuestro mundo.








