Mientras Argentina debate cómo aumentar su producción de gas, bioetanol y reducir las importaciones energéticas, existe un recurso disponible todos los días que continúa desaprovechándose: el biogás. Generado a partir de residuos ganaderos, agroindustriales, urbanos y efluentes de la producción, constituye una fuente renovable capaz de producir electricidad, calor y biometano, un combustible con características similares al gas natural. Sin embargo, el país apenas aprovecha una pequeña parte de su enorme potencial.
Según un Informe de Biogás y Biometano en Argentina 2025 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, nuestro país dispone de una de las mayores disponibilidades de biomasa de América Hispana gracias a su poderosa producción agropecuaria. Efluentes de tambos, feedlots, criaderos porcinos, granjas avícolas, frigoríficos, industrias alimenticias y residuos sólidos urbanos conforman una fuente permanente de energía que, en gran medida, termina emitiendo metano a la atmósfera en lugar de transformarse en un recurso productivo.
La provincia de Buenos Aires concentra buena parte de ese potencial. Lidera la producción agrícola y ganadera nacional, posee la mayor concentración de industrias alimenticias y genera alrededor de 20.400 toneladas diarias de residuos sólidos urbanos. Paradójicamente, decenas de municipios continúan disponiendo esos residuos en basurales a cielo abierto o rellenos sanitarios, desperdiciando una materia prima capaz de producir energía durante todo el año. En nuestra provincia aún existen 77 enormes basurales a cielo abierto.
El biogás ofrece una ventaja estratégica frente a otras energías renovables: puede generar electricidad las 24 horas, independientemente del viento o de la radiación solar. Una vez purificado, se transforma en biometano, apto para inyectarse en redes de gas natural o utilizarse como combustible para el transporte pesado y la industria. El proceso, además, produce biofertilizantes que permiten reemplazar parte de los fertilizantes químicos, cerrando un verdadero círculo de economía circular.
Argentina ya cuenta con unas 27 plantas de biogás de escala industrial, alimentadas con residuos pecuarios, efluentes agroindustriales y residuos orgánicos. Esto demuestra que la tecnología dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad. El desafío ya no es tecnológico, sino político y económico: multiplicar estas inversiones para aprovechar un recurso que hoy se desperdicia.
Los beneficios trascienden la cuestión energética. Una red de plantas de biogás podría abastecer parques industriales, reducir costos para las pequeñas y medianas empresas, suministrar electricidad y calor a hospitales, escuelas y barrios populares, disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, reducir la contaminación de napas y cursos de agua, generar empleo calificado y transformar un pasivo ambiental en un activo económico. Sería, por ejemplo, una tremenda solución para la ciudad de Mar del Plata y su basural.
Mientras Europa convierte sus residuos en energía, Argentina sigue enterrando los suyos. Enterramos gas, enterramos fertilizantes, enterramos empleo y enterramos desarrollo y divisas. La verdadera riqueza no está en los basurales ni en los efluentes agropecuarios, sino en la capacidad de transformarlos en energía para nuestras industrias, nuestros pueblos y nuestros barrios.
El problema ya no es técnico; es político y cultural. Por eso la tarea sigue siendo la misma: educar al soberano. Y si el soberano persiste en administra la escasez en lugar de producir abundancia, entonces será hora de que nuestro pueblo construya una nueva conducción: bonaerense, municipalista y productor.








