Luego de los últimos dos femicidios la reflexión social, cultural y filosófica sobre la violencia de género, los femicidios y las reacciones que generan, son prioritarias.
Hoy surgen señalamientos y acusaciones de todo tipo. Y esta vez –como siempre– implican y desafían a las mujeres, a través de la tendencia social a desplazar el foco desde la víctima hacia las mujeres que la rodean, en la típica ¿dónde estaba la madre? o ¿qué hizo la madre?
Esta pregunta aparece casi de manera automática y lo grave es que es una reacción cultural instalada. Como si la responsabilidad de evitar la violencia masculina recayera siempre sobre una mujer.
La madre debió cuidar. La hermana debió advertir. La amiga debió acompañar. La víctima debió desconfiar.
Al final, la conversación gira alrededor de todas las mujeres involucradas, mientras el hombre que ejerció la violencia queda reducido a una excepción, a un monstruo aislado, a un caso individual.
Pero los femicidios no nacen en el vacío.
Son la expresión extrema de una trama cultural mucho más amplia, donde todavía persisten formas de posesión, control y desigualdad. Y es allí donde aparece una discusión incómoda: la necesidad de involucrar a los hombres no solamente como aliados de una causa ajena, sino como sujetos llamados a revisar críticamente los modelos de masculinidad con los que fueron educados.
Durante mucho tiempo, la conversación pública se organizó alrededor de cómo proteger a las mujeres. Es una preocupación legítima. Sin embargo, cada femicidio demuestra los límites de esa lógica porque ninguna estrategia individual alcanza cuando el problema tiene raíces sociales y culturales.
La pregunta es otra, y nos involucra a todos: ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos?
Qué idea de amor transmitimos. Qué concepto de autoridad naturalizamos. Qué relación construimos con el rechazo, con la frustración, con la autonomía de los demás. Qué mensajes reciben los varones cuando son niños y qué expectativas pesan sobre ellos cuando se convierten en adultos.
La filósofa Rita Segato ha sostenido que la violencia contra las mujeres no es solamente un acto individual, sino también un mensaje social vinculado a relaciones de poder. Más allá de los acuerdos o desacuerdos que puedan existir con sus planteos, hay una idea que resulta valiosa: los femicidios nos obligan a pensar en la sociedad que los produce, no únicamente en las personas que los ejecutan.
La filosofía conoce bien este mecanismo. Desde la antigüedad, los seres humanos hemos intentado protegernos de la incertidumbre construyendo relatos que devuelvan una sensación de orden. Si encontramos un error, una imprudencia o una negligencia, creemos haber encontrado una causa tranquilizadora. Pensamos: «si hubiera actuado de otra manera, esto no habría ocurrido».
Pero esa explicación encierra una ilusión. Nos permite creer que el mundo es más controlable de lo que realmente es.
Por eso la pregunta «¿dónde estaba la madre?» suele aparecer tan rápido porque ofrece una respuesta sencilla frente a una realidad insoportablemente compleja. Y tal vez no sea una respuesta sencilla, sino más bien una respuesta tranquilizadora.
Desde el punto de vista social, se cargan las culpas en la madre y se pasa la página.
La herencia de una cultura de tutela
Desde una perspectiva filosófica, resulta interesante observar que la sociedad todavía deposita sobre las mujeres una responsabilidad desproporcionada respecto del cuidado.
La madre aparece como una figura casi omnipotente: debería prever todos los riesgos, anticipar todos los peligros, impedir cualquier daño.
Mientras los discursos contemporáneos reconocen la autonomía de las mujeres y de las adolescentes, en situaciones de tragedia reaparece una mirada profundamente paternalista. Se juzga a las mujeres como si fueran responsables de evitar la violencia de otros.
La filósofa Simone de Beauvoir dedicó gran parte de su obra a mostrar cómo las mujeres fuimos históricamente definidas por funciones de cuidado, protección y sacrificio. Incluso cuando las sociedades avanzan en igualdad formal, esos mandatos suelen permanecer ocultos en las expectativas culturales.
Cuando se cuestiona a una madre por no haber podido impedir una tragedia, quizás estemos viendo precisamente esa herencia: la creencia de que la mujer debe garantizar la seguridad moral y física de los demás.
La cuestión de los hombres
Tal vez el aspecto filosóficamente más relevante sea el que habitualmente permanece en segundo plano.
Los femicidios suelen ser presentados como «problemas de las mujeres». Las marchas son de mujeres. Los debates son protagonizados por mujeres. Las medidas de prevención se dirigen a mujeres.
Pero la violencia es ejercida, en una enorme proporción de los casos, por hombres.
La sociedad continúa pensando la violencia machista como un problema que afecta a las mujeres, cuando en realidad también es un problema de la construcción cultural de la masculinidad.
El filósofo Michel Foucault sostenía que el poder no reside únicamente en las instituciones, sino también en los hábitos, discursos y prácticas cotidianas. Desde esa mirada, un femicidio no puede reducirse a la decisión individual de una persona. También obliga a preguntarse qué concepciones sobre el poder, la posesión, el rechazo o la autoridad siguen circulando en una comunidad.
La cuestión no es culpabilizar a todos los hombres.
La cuestión es preguntarse por qué los hombres participan tan poco de una reflexión que los involucra directamente.
La filosofía nos invita a sospechar de las respuestas demasiado rápidas.
Nos recuerda que las tragedias humanas no se explican únicamente por errores individuales. También hablan de valores colectivos, de estructuras culturales y de formas de convivencia.
Por eso, frente a un femicidio, la pregunta filosófica más fecunda no es quién falló en el cuidado.
La pregunta es qué tipo de sociedad construimos cuando seguimos exigiendo a las mujeres que se protejan de la violencia, en lugar de exigirnos colectivamente que la violencia deje de ser una posibilidad aceptable.
Y allí aparece una reflexión inquietante: quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea enseñarles a las mujeres a vivir con miedo, sino enseñarles a los hombres a vivir sin creer que tienen poder sobre la vida, el cuerpo o la libertad de otras personas.
Porque toda sociedad se define por las preguntas que se anima a formular. Y tal vez haya llegado el momento de cambiar algunas de ellas.
Y así la filosofía sigue siendo una herramienta valiosa: no porque aporte respuestas definitivas, sino porque nos obliga a mirar donde habitualmente no miramos y a cuestionar las preguntas que damos por naturales.
Tal vez hoy no tengamos las respuestas, pero generar el debate ya es comenzar a transitar el camino. Y en estas reflexiones es imprescindible que también estén los hombres.








