Cada vez que pensamos en la Selección Argentina campeona del mundo, el primer nombre que aparece es Lionel Messi. Es lógico: estamos hablando del mejor jugador del planeta. Sin embargo, la verdadera explicación del éxito argentino no está solamente en Messi. Está en haber logrado algo mucho más difícil: convertirse en un equipo.
Ningún jugador busca sobresalir por encima de los demás. Cada uno entiende cuál es su función y acepta que el brillo individual solo es posible si el conjunto funciona. Hay una idea de juego, confianza mutua y una conducción capaz de descubrir dónde rinde mejor cada futbolista. Eso hizo Lionel Scaloni: organizó talentos distintos detrás de un mismo objetivo.
La pregunta es inevitable: ¿funciona así la provincia de Buenos Aires? La respuesta, lamentablemente, es no.
Nuestros municipios trabajan de manera aislada, compitiendo cuando deberían complementarse. El campo, la industria, la ciencia, la tecnología, las universidades y las economías regionales avanzan muchas veces sin una estrategia compartida. Es como un equipo donde cada jugador corre hacia un arco diferente.
Y, sin organización, ningún equipo puede salir campeón.
Hace décadas, el justicialismo definió ese ideal con un nombre que sigue teniendo plena vigencia: la Comunidad Organizada. Una comunidad donde las organizaciones libres del pueblo, el empresario, el científico, el productor, la universidad, la cooperativa, el municipio y las instituciones conocen su papel y lo ponen al servicio de un proyecto común.
Eso fue, precisamente, la Selección Argentina.
Nadie perdió identidad por jugar en equipo. Al contrario. Cada futbolista alcanzó su mejor versión porque existía un conjunto que lo potenciaba.
Buenos Aires posee todo lo necesario para convertirse en una de las regiones más desarrolladas del planeta. Tiene productores que alimentan al mundo, científicos de prestigio internacional, universidades, trabajadores, laboratorios, empresarios y cientos de comunidades llenas de capacidad y creatividad.
Lo que todavía falta es una conducción que logre transformar ese enorme potencial en un verdadero equipo.
Porque las grandes victorias nunca son obra de un solo líder, por extraordinario que sea. Son el resultado de una comunidad organizada que entiende que el éxito colectivo termina siendo, también, el éxito de cada uno. Quizás esa sea la mayor enseñanza que la Selección Argentina puede ofrecerle hoy a Buenos Aires.








