El gato no necesitó maullar para hacerse oír en nuestro idioma. Sigiloso como en la vida real, se introdujo en refranes, dichos y frases populares hasta convertirse en una de las figuras más persistentes del habla cotidiana.
Aparece cuando desconfiamos porque creemos que “hay gato encerrado”, cuando alguien intenta “dar gato por liebre” o cuando una persona consigue finalmente “llevarse el gato al agua”. También protagoniza una expresión que, según el país, puede atribuirle tres pies, cinco patas o una improbable quinta extremidad.
¿Buscarle tres pies o cinco patas al gato?
En Argentina es habitual recomendarle a alguien que no le busque “cinco patas al gato” o “la quinta pata al gato”. Sin embargo, en España se escucha con mayor frecuencia “buscarle tres pies al gato”.
Ninguna de las dos construcciones principales es incorrecta. El diccionario académico recoge las variantes “buscarle tres o cinco pies al gato” para referirse a la búsqueda de explicaciones sin fundamento o al empeño en asuntos que pueden traer complicaciones. La Nueva gramática de la lengua española señala específicamente que la forma con cinco patas se utiliza, entre otros países, en Argentina y Colombia.
La expresión con tres pies es antigua. Aparece en distintas oportunidades en el Quijote y ya estaba asentada en la lengua de la época de Cervantes. Una explicación considera que antiguamente podía distinguirse entre los dos “pies” delanteros y las dos “patas” traseras del animal. Buscarle un tercer pie implicaba, por lo tanto, pretender encontrar algo que no existía o enredarse deliberadamente en una cuestión sencilla.
La versión con cinco conserva la misma lógica por otro camino: el gato tiene cuatro patas y buscar una más supone empeñarse en hallar lo imposible.
Cuando hay algo escondido
“Acá hay gato encerrado”, decimos cuando sospechamos que detrás de una situación existe una intención oculta o una explicación que todavía no conocemos. Esa es también la definición que mantiene el Diccionario de la lengua española: haber una causa secreta o manejos que no se muestran abiertamente.
Una interpretación muy difundida relaciona la frase con un antiguo significado de “gato”. La edición de 2001 del diccionario académico todavía recogía esa palabra como denominación de un bolso o talego en el que se guardaba dinero, y también del propio dinero depositado en él.
Según esa explicación, un “gato encerrado” no habría sido originalmente un felino atrapado, sino una bolsa de dinero escondida entre las ropas o en algún lugar de la casa. El dato permite comprender la asociación entre el gato y aquello que permanece oculto, aunque no alcanza por sí solo para demostrar con absoluta certeza el nacimiento de la frase.
Dar gato por liebre
Esta expresión se utiliza cuando alguien entrega un producto de menor calidad haciéndolo pasar por otro superior. El dicho suele vincularse con las antiguas ventas de comida y con la desconfianza que despertaban algunas posadas, donde el consumidor no siempre podía comprobar qué carne le estaban sirviendo.
La historia de los comerciantes que reemplazaban la liebre por carne de gato resulta verosímil y ha sido repetida durante siglos, pero es difícil saber cuánto tiene de práctica documentada y cuánto de leyenda popular.
Lo seguro es que la expresión tiene una larga historia. “Vender gato por liebre” también aparece en el Quijote y conserva prácticamente intacto su significado: engañar mediante la sustitución de una cosa valiosa por otra inferior. La RAE continúa registrando tanto “dar” como “vender gato por liebre”.
Llevarse el gato al agua
El gato es conocido por su resistencia al agua. Tal vez por eso, conseguir introducirlo en ella puede imaginarse como una empresa difícil.
En el lenguaje actual, “llevarse el gato al agua” significa triunfar en una competencia, salir ganancioso o superar una dificultad. Puede llevárselo un equipo que gana un partido complicado, un candidato que se impone en una elección o una persona que logra convencer a los demás después de una discusión prolongada.
No todas las explicaciones sobre su origen coinciden, pero la imagen conserva eficacia: quien consiguió llevar el gato al agua hizo algo que parecía difícil y terminó imponiéndose.
Así, entre patas inexistentes, bolsas escondidas, engaños gastronómicos y victorias trabajosas, el gato terminó dejando una huella difícil de borrar en el idioma.








