Raúl tiene más de setenta años. Sacó de su bolsillo un papel escrito con birome y pidió la palabra para hablar de un tema que, probablemente, muchos considerarían ajeno a su generación: farmear aura.
Mientras algunos intentaban entender de qué se trataba, otros comenzaron a reírse.
«Qué pavada». «Siempre las mismas estupideces». «No sé por qué estamos hablando de esto».
Y entonces comprendí que el problema no era una expresión juvenil. El problema era algo bastante más profundo: nuestra dificultad para escuchar los lenguajes que no hablamos.
¿Qué significa exactamente “farmear aura”?
En su uso más superficial, parecería ser acumular puntos invisibles de prestigio. Hacer algo admirable, ingenioso, valiente, elegante o simplemente espectacular para el reconocimiento de los demás.
Si nos preguntamos qué estamos haciendo cuando intentamos farmear aura, podríamos decir que se relaciona con aquello que tradicionalmente asociaríamos con lo que una persona proyecta: una presencia difícil de reducir a una lista de méritos. Entonces, intentar farmearla deliberadamente parece casi una contradicción. Es como intentar ser espontáneo por estrategia. O ser auténtico porque eso genera prestigio.
Entonces: ¿se puede fabricar el aura o el intento de fabricarla la destruye?
Porque tal vez alguien realmente tenga eso que hoy llamaríamos “aura”: entra a un lugar y produce cierta presencia; dice poco, pero cuando habla los demás escuchan; hace algo sin necesidad de anunciarlo. Y precisamente porque no parece estar intentando demostrar nada, el efecto es mayor.
Porque quizás lo más divertido y filosóficamente inquietante de todo esto sea que farmear aura necesita, inevitablemente, un espectador. Uno puede hacer algo extraordinario completamente solo. Pero si nadie lo sabe… ¿se ganó aura? ¿O el aura necesita circular socialmente para existir?
Hay una cuestión central en lo que está pasando. Grupos de jóvenes se juntan en plazas y espacios públicos para farmear aura. Es decir, para ganar puntos ante espectadores que juzgan cuánto más o menos llaman la atención. Entonces ahí entra en debate el tema de la significatividad del lenguaje, por cuanto estamos acostumbrados a pensar que el lenguaje verbal ocupa el centro absoluto de la comunicación, como si aquello que no puede formularse mediante palabras fuera necesariamente pobre, vacío o insignificante.

Pero… ¿qué está ocurriendo allí? Tal vez alguien que las observa desde afuera vea simplemente un grupo de chicos y chicas haciendo gestos extraños. Pero para quienes participan existe un código. Hay una escena, una interpretación, un desafío, una respuesta, espectadores capaces de reconocer cuándo un gesto fue bueno, ingenioso, audaz o ridículo. Es decir: hay significación. Y si hay significación compartida, estamos ante un fenómeno comunicativo, aunque ese fenómeno no necesite desplegarse mediante un discurso verbal tradicional.
Nos surge también la pregunta o la reflexión acerca del lenguaje de otras especies. Y pensando también en el hombre mismo, cuyo lenguaje primigenio fue gestual y gutural. Entonces, ¿por qué suponemos que nuestro código es el único digno de ser tomado en serio? Quizás deberíamos distinguir que comprender no significa adherir. Es decir, hay que ser cuidadoso en no confundir desconocimiento con insignificancia. Porque puede que nos suene divertido o incómodo el farmear aura, pero eso no significa que no lo entendamos.
Todas las generaciones hemos atravesado estas etapas, con otros nombres: las coreografías de la época de cada uno, los peinados, la ropa, los modismos, los códigos no verbales, las marcas, las poses… en fin. Todo eso era una forma de decir: aquí estoy. Mirame.
Tenemos que tener en cuenta entonces que farmear aura no es una cuestión individual. No se trata únicamente de alguien intentando construir una imagen personal. Las batallas, las reuniones en las plazas, las coreografías compartidas y los códigos que solo un grupo reconoce tienen también una dimensión comunitaria.
El aura, paradójicamente, parece individual —cuánta aura tiene esta persona—, pero solo existe dentro de una comunidad que reconoce ciertos signos. Nadie puede otorgarse completamente sus propios puntos. El grupo interpreta. El grupo ríe. El grupo celebra. El grupo sanciona. El grupo dice, simbólicamente.
Ahora bien, Raúl es la clara demostración de lo que estamos diciendo. Porque terminó encarnando algo mucho más interesante que el tema mismo: la curiosidad. Y la curiosidad es una forma de juventud intelectual que no depende de la edad. Porque ahí estaba un hombre de setenta y pico de años que había escuchado una expresión desconocida y, en lugar de decir «qué estupidez», hizo algo mucho más complejo. Fue a averiguar. Buscó. Escribió. Preparó algo para compartir. Y después lo quiso conversar con otros. ¡Y ahí Raúl farmeó un montón de aura!
Mientras tanto, algunos de los que se burlaban quizás estaban defendiendo algo bastante común: la tranquilidad que produce despreciar aquello que nos obliga a aprender.
Porque decir «qué pavada» es mucho más fácil que preguntar: ¿por qué los jóvenes hacen esto? ¿Qué significa para ellos? ¿Qué necesidad expresa? ¿Qué formas de vínculo construye? ¿Qué códigos están circulando allí?
No estaban rechazando solamente el término farmear aura. Estaban rechazando la posibilidad de pensar sobre algo que inicialmente no comprendían.
Tal vez el problema nunca fue “farmear aura”. Tal vez el problema fue nuestra incapacidad para reconocer que las nuevas generaciones construyen sentidos mediante códigos que no siempre son los nuestros.
Cada generación inventa sus formas de decir “aquí estamos”. Algunas lo hicieron con una canción. Otras con un peinado. Con una manera de bailar, de vestirse, de hablar. Las nuevas generaciones también lo hacen con sus propios códigos, sus gestos y sus rituales. Podemos reírnos de ellos. Podemos ignorarlos. O podemos hacer algo mucho más interesante: intentar comprender qué están diciendo.
Porque tal vez envejecer no consista en cumplir años. Tal vez envejecemos verdaderamente cuando dejamos de sentir curiosidad por aquello que todavía no entendemos. Y, en ese caso, Raúl —con su papel escrito con birome y su investigación sobre una expresión juvenil— nos dio a todos una verdadera clase.
En términos de Foucault, farmear aura puede ser una manera contemporánea de pensar en cómo se construye el poder dentro de un grupo. Y tiene que ver con la capacidad de influencia. Hablamos del aura como una forma de poder relacional. Una de las ideas más interesantes de Foucault es que el poder no es simplemente una cosa que alguien posee y guarda en un bolsillo. El poder se ejerce. Circula. Se establece en las relaciones.
Entonces pensemos en un grupo de jóvenes. Hay una persona que, sin tener un cargo formal, tiene una presencia reconocida. Cuando habla, los demás escuchan. Cuando propone algo, encuentra adhesión. Cuando llega a un espacio, modifica de algún modo la dinámica. No necesariamente porque tenga autoridad institucional. Sino porque tiene reconocimiento. Esto que hiciste aumentó tu prestigio dentro del grupo. Y el prestigio puede transformarse en influencia. La influencia puede generar capacidad de convocatoria. Y la capacidad de convocatoria puede convertirse en poder. Pero eso no impide que determinadas acciones, gestos o performances produzcan efectos de poder.
Y esto es profundamente compatible con una mirada foucaultiana: el poder no necesita siempre una intención centralizada para producirse. Se produce en las relaciones. La comunidad regula comportamientos mediante mecanismos de aprobación, prestigio, burla y deslegitimación.
Y eso sí nos permite pensar en relaciones de poder porque toda comunidad produce criterios de legitimidad. Farmear aura no sería solamente acumular prestigio. También podría ser disputar una posición dentro de una red de relaciones. Una persona que ha construido reconocimiento dentro de un grupo puede transformar ese prestigio informal en capacidad efectiva de acción colectiva.
Por supuesto, esto no ocurre siempre. Tener aura no convierte automáticamente a alguien en buen dirigente. De hecho, podríamos abrir otra discusión enorme sobre eso: el carisma puede generar liderazgo, pero el liderazgo requiere algo más que carisma.
La filosofía —y también la educación— debería enseñarnos algo muy simple: que no comprendamos un código no significa que el código no tenga sentido.
Y quizás podríamos agregar, con una pequeña sonrisa foucaultiana: donde hay reconocimiento, hay prestigio. Donde hay prestigio, puede haber influencia. Y donde hay relaciones de influencia, el poder nunca está demasiado lejos.
Quizás tener “aura” no sea lo mismo que tener poder. Pero puede convertirse en un recurso para producir poder. Tal vez habría que preguntarse si las batallas de aura, los espacios juveniles y esos rituales de reconocimiento no funcionan también, en una escala pequeña, como una especie de laboratorio social. Allí se aprende quién convoca, quién impacta, quién es escuchado, quién genera adhesión, quién queda al margen, qué conductas son valoradas y cuáles sancionadas. No porque estén ensayando conscientemente para ser dirigentes sociales. Pero las prácticas sociales muchas veces producen capacidades antes de que nosotros mismos sepamos nombrarlas.
Quizás deberíamos dejar de mirar farmear aura solamente como una práctica juvenil surgida en el lenguaje de los videojuegos y preguntarnos si, en realidad, no estamos ante una metáfora contemporánea para nombrar algo profundamente humano. Porque sí: quizá todos, de maneras muy distintas, hemos “farmeado aura”. No necesariamente de manera consciente. No necesariamente queriendo ser el centro de atención, porque no todo ser humano desea visibilidad, y no tener interés en ocupar el centro también es una manera perfectamente válida de estar en el mundo.
Hay personas silenciosas que, sin proponérselo, tienen una presencia enorme. Entran a una habitación y no necesitan hablar demasiado para que uno advierta que están allí. O personas que, sin exponerse públicamente, son profundamente respetadas dentro de un grupo.
Y también existe la situación inversa: alguien puede hacer enormes esfuerzos para llamar la atención… y producir muy poca influencia real. El aura no es una propiedad individual. Es una relación. Porque nadie puede producir aura completamente por sí mismo. Puede hacer gestos, construir una imagen, hablar, vestirse de determinada manera, realizar acciones admirables, exponerse, callarse estratégicamente incluso… Pero finalmente son los otros quienes interpretan. Y ahí, sí, el aura empieza a convertirse en algo socialmente significativo.
Quizás podríamos decir: farmear aura es una expresión nueva para una práctica vieja: construir, perder, disputar y reconocer prestigio dentro de una comunidad.
Los códigos cambian.








