Hay próceres que conocemos tanto que dejamos de preguntarnos quiénes fueron.
José de San Martín es, probablemente, uno de ellos. Lo aprendimos desde pequeños: el Padre de la Patria, el Libertador, el Cruce de los Andes, el encuentro con Bolívar, la independencia de Argentina, Chile y Perú. Lo vimos representado a caballo, con el uniforme impecable, mirando hacia un horizonte que parecía conocer de antemano.
Pero quizás tanta solemnidad terminó ocultando al hombre. Porque detrás del bronce hubo un político. Hubo un estratega. Hubo un hombre que tomó decisiones, que tuvo adversarios, que cometió seguramente errores, que tuvo que negociar con intereses que no siempre coincidían con los propios y que comprendió algo fundamental: la independencia americana no podía pensarse como un problema exclusivamente argentino.
San Martín no estaba librando solamente una guerra. Estaba intentando construir una posibilidad. Había comprendido que mientras el poder español permaneciera en Perú, la independencia de las Provincias Unidas estaría permanentemente amenazada. Por eso su estrategia no consistió simplemente en defender una frontera. Había que atravesar los Andes, liberar Chile y llegar al Perú.
Y allí aparece una primera pregunta que quizás deberíamos volver a hacernos: ¿Cuánto de estratega político había en aquel militar? Porque una estrategia militar no se sostiene solamente con soldados y armas. Necesita una lectura del mundo, una comprensión del enemigo, alianzas, recursos, diplomacia y, sobre todo, la capacidad de imaginar un futuro que todavía no existe. San Martín tuvo esa capacidad.
Pero hay algo todavía más interesante. Cuando hablamos de independencia, solemos utilizar la palabra como si significara exactamente lo mismo que significa hoy. Y no es así. San Martín vivió a comienzos del siglo XIX, en un mundo atravesado por monarquías, imperios, jerarquías sociales y enormes desigualdades. Las ideas de libertad, ciudadanía, representación y soberanía estaban en plena transformación.
Por eso no deberíamos juzgarlo únicamente con nuestras categorías actuales. Pero tampoco deberíamos dejar de hacer preguntas.
¿Qué significaba para San Martín la libertad?
¿Libertad de quién?
¿Para quién?
¿De qué manera debía organizarse políticamente la América independiente?
¿Era suficiente romper con España para que existiera una sociedad verdaderamente libre?
Son preguntas incómodas. Y justamente por eso son necesarias.
Porque quizás una de las mayores riquezas de San Martín está en que su pensamiento político no cabe cómodamente en las categorías simplificadas con las que solemos enseñarlo. Y después está Guayaquil. El encuentro con Simón Bolívar constituye uno de esos episodios históricos que han alimentado durante generaciones la imaginación y la discusión. Dos hombres, dos proyectos, dos personalidades enormes frente a un mismo problema: cómo completar la emancipación americana. Después de aquel encuentro, San Martín tomó una decisión que resulta difícil de comprender desde nuestra cultura política contemporánea: se retiró.
No buscó convertirse en dueño del proceso. No intentó quedarse con el poder. No quiso convertir su prestigio militar en una plataforma para construir un poder personal. Se retiró. Y aquí aparece, quizás, una de las dimensiones menos exploradas de su figura. Elige apartarse, en una decisión que seguramente no fue sencilla. Porque desde nuestra mirada imaginamos que un hombre de sus características no abandona fácilmente aquello por lo que ha luchado, aun con su propia vida.
San Martín murió lejos de la tierra que lo había convertido en símbolo. Vivió sus últimos años en Europa, prácticamente apartado de la escena política americana. Y quizás esa imagen debería acompañar a la del hombre cruzando los Andes. Porque hay grandeza en conquistar. Pero también puede haber grandeza en saber cuándo dejar de conquistar.
San Martín no fue un hombre de nuestro tiempo. No pensó como pensamos nosotros, no vivió en nuestras democracias ni utilizó nuestras categorías políticas. Pretender convertirlo en un ciudadano contemporáneo sería tan equivocado como reducirlo a una estatua. Pero justamente por eso vale la pena volver a mirarlo. No para convertirlo nuevamente en héroe. Para volver a convertirlo en pregunta.
¿Qué entendía por libertad?
¿Qué proyecto político imaginaba para una América independiente?
¿Por qué estaba dispuesto a sacrificar su propio protagonismo?
¿Era posible una América verdaderamente independiente sin transformar también sus estructuras sociales y políticas?
¿Y qué significa, en definitiva, ser un libertador?
Quizás la respuesta no esté solamente en haber vencido a un ejército. Quizás también esté en haber comprendido que la libertad que se conquista para todos no puede convertirse en el poder de uno solo. Por eso, dos siglos después, podemos seguir mirando el retrato de San Martín. Pero tal vez esta vez convenga mirar menos el uniforme y más al hombre. Menos la estatua y más sus decisiones. Menos las fechas y más las preguntas. Porque los próceres que solamente admiramos pertenecen al pasado.
Los que todavía nos obligan a pensar pertenecen también al presente.








