A partir del proyecto educativo “Salamone”, desarrollado por la Escuela Técnica Nº 1 junto a los alumnos de la especialidad Maestro Mayor de Obras, surgió una pregunta que trasciende el ámbito de la construcción: ¿qué impacto cultural tuvo la arquitectura moderna en la provincia de Buenos Aires?
Las más de setenta obras proyectadas por el arquitecto ítalo-argentino Francisco Salamone entre 1936 y 1940 constituyen uno de los fenómenos arquitectónicos más singulares de la historia bonaerense. Municipios, mataderos, cementerios, plazas y portales monumentales aún dominan el paisaje de numerosas localidades del interior provincial.
Estas construcciones formaron parte del programa de modernización impulsado por el gobernador Manuel Fresco, quien buscó fortalecer institucionalmente a los pueblos de la provincia y consolidar una identidad social arraigada al territorio obteniendo así detener el nomadismo que impedía que los pueblos del interior de la provincia crecieran. En este contexto, la arquitectura no fue solamente una respuesta técnica a necesidades funcionales: también se convirtió en una herramienta política y cultural destinada a modelar una determinada visión de comunidad.

La pregunta que orienta nuestra investigación es sencilla pero profunda: ¿qué símbolos transmiten estas obras? ¿Qué valores encarnan sus formas monumentales?
La palabra símbolo proviene del griego symballein, que significa “reunir” o “hacer coincidir”. Un símbolo integra significados diversos y permite expresar ideas que exceden la mera racionalidad conceptual. A lo largo de la historia, la arquitectura ha sido uno de los principales vehículos de esa dimensión simbólica. Desde los monumentos megalíticos del Neolítico hasta los templos grecorromanos, las catedrales medievales o las ciudades precolombinas, las construcciones humanas han reflejado una determinada concepción del mundo.
Sin embargo, surge una cuestión inquietante. ¿Cuántos de nosotros reconocemos hoy el significado simbólico presente en una columna jónica o corintia? ¿Cuántos advertimos que muchas de estas formas arquitectónicas representaban antiguamente la conexión entre la tierra y el cielo, entre el orden humano y el orden cósmico?
La pregunta puede formularse de otro modo: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de reconocer los símbolos contenidos en su arquitectura? Cuando ello sucede, los edificios corren el riesgo de reducirse a simples construcciones funcionales y sus formas terminan siendo percibidas únicamente como adornos. La arquitectura pierde entonces su capacidad de transmitir sentido y se transforma en mera construcción; los símbolos dejan de hablar y se convierten en decorado.
¿Qué caracteriza entonces a la verdadera arquitectura? Diversas tradiciones sostienen que una obra arquitectónica debe expresar, mediante la materia, una determinada comprensión del mundo. Por ello, históricamente se valoraron materiales considerados nobles —como la piedra, la madera o el ladrillo— capaces de resistir el paso del tiempo y transmitir continuidad entre generaciones.

No deja de ser significativo que el hierro, elemento fundamental del hormigón armado, haya ocupado históricamente un lugar ambiguo en numerosas tradiciones constructivas. Mientras la piedra era asociada a la permanencia, la estabilidad y la dimensión sagrada, el hierro aparecía frecuentemente vinculado al trabajo, la guerra y la transformación técnica de la naturaleza. En algunos cultos antiguos incluso se evitaba su utilización en espacios rituales y sagrados. La arquitectura moderna invierte parcialmente esta lógica: aquello que durante siglos permaneció oculto o subordinado pasa a convertirse en el esqueleto invisible de las nuevas construcciones monumentales.

Art Decó, futurismo, racionalismo y expresionismo convergen en estas estructuras monumentales. Sus torres, portales y fachadas transmiten una estética de velocidad, progreso, orden y poder institucional que caracterizó a buena parte del siglo XX.
Sin embargo, estas obras no pueden comprenderse únicamente desde la técnica. También expresan los ideales políticos y culturales de una época. En el horizonte simbólico del gobierno de Manuel Fresco, conceptos como Dios, Patria y Hogar constituían pilares fundamentales para la construcción de una identidad colectiva. Las municipalidades, los mataderos, los cementerios y los espacios públicos proyectados por Salamone no eran simples edificios funcionales; buscaban representar visualmente una determinada concepción de la comunidad, del trabajo, de la familia y de la pertenencia al territorio bonaerense.
Lejos de ser una cuestión exclusivamente arquitectónica, estas obras invitan a reflexionar sobre una problemática aún vigente. ¿Puede la técnica reemplazar al símbolo? ¿Es posible construir identidad colectiva únicamente mediante el progreso material? ¿O toda comunidad necesita referencias culturales capaces de otorgar sentido a su existencia?
Estas son algunas de las preguntas que alumnos, docentes y directivos de la Escuela Técnica N.º 1 buscan abordar a través de sus investigaciones sobre el legado de Francisco Salamone. Porque comprender estas obras no significa únicamente estudiar hormigón armado, estilos arquitectónicos o sistemas constructivos. También implica preguntarnos qué idea de sociedad, de progreso y de ser humano quedó plasmada en el paisaje de la provincia de Buenos Aires.
Quizás allí radique la vigencia de Salamone. Sus edificios continúan interpelando a quienes los observan. Nos obligan a preguntarnos si la arquitectura es solamente una técnica para construir espacios o si, por el contrario, sigue siendo un lenguaje capaz de expresar aquello que una sociedad considera verdadero, bello y digno de permanecer en el tiempo.








