La expansión acelerada de la inteligencia artificial plantea interrogantes que exceden ampliamente el terreno técnico. Quién controla estas herramientas, con qué objetivos se desarrollan y cuáles son sus efectos sobre el trabajo, la libertad, la verdad y los conflictos armados son algunas de las cuestiones abordadas por León XIV en Magnifica Humanitas.
Firmada el 15 de mayo de 2026, al cumplirse 135 años de la publicación de Rerum novarum, y presentada públicamente diez días después, es la primera encíclica del actual Pontífice. El documento se inscribe en la tradición de la Doctrina social de la Iglesia y busca actualizarla ante las transformaciones producidas por la digitalización, la robótica y la IA.
Lejos de presentar la tecnología como un mal en sí mismo, el texto oficial de la encíclica reconoce su capacidad para mejorar la salud, la educación, la comunicación y el cuidado del ambiente. Al mismo tiempo, advierte que ninguna innovación puede ser considerada neutral, porque refleja las decisiones y prioridades de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan.
El poder concentrado detrás de la tecnología
Uno de los ejes centrales del documento es la concentración de plataformas, datos, infraestructuras y capacidad de cálculo en manos de grandes actores económicos y tecnológicos, muchas veces transnacionales y con recursos superiores a los de numerosos Estados.
Para León XIV, cuando ese poder queda en pocas manos aumenta el riesgo de que se vuelva opaco, eluda los controles públicos y produzca nuevas dependencias, manipulaciones y desigualdades. La preocupación no se limita al uso particular de una herramienta, sino que alcanza al modelo económico y social que orienta su desarrollo.
La encíclica sostiene que la IA suele ampliar primero las capacidades de quienes ya cuentan con dinero, conocimientos y acceso a grandes volúmenes de información. Frente a esta asimetría, propone recuperar principios como el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, la justicia social y el acceso equitativo a los beneficios de la innovación.
El trabajo invisible de la economía digital
El Papa también dirige la atención hacia la infraestructura humana y material que permite el funcionamiento de los sistemas digitales. Detrás de cada respuesta automatizada existe una extensa cadena de recursos naturales, energía, centros de datos y trabajo humano.
El documento menciona expresamente a quienes se ocupan del etiquetado de datos, la moderación de contenidos y el entrenamiento de modelos. Señala que, en muchos casos, son jóvenes —principalmente mujeres— que realizan tareas poco visibles a cambio de remuneraciones mínimas.
A esta situación agrega las condiciones peligrosas en las que adolescentes y niños trabajan, en algunas regiones, triturando materiales de los que se obtienen tierras raras utilizadas para fabricar dispositivos y microprocesadores.
La encíclica aborda además el impacto ambiental de los sistemas de IA, debido al elevado consumo de energía y agua, las emisiones y el crecimiento de las infraestructuras necesarias para almacenar y procesar información. Por eso reclama tecnologías más sostenibles y mayor transparencia en las cadenas de suministro.
La ética no alcanza sin controles
León XIV considera insuficiente una invocación genérica a la ética. Plantea la necesidad de marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, responsabilidades identificables y mecanismos que permitan revisar las decisiones automatizadas y reparar los daños que puedan producir.
El documento no propone un modelo regulatorio único ni un tratado internacional cerrado, pero pide que los Estados y las instituciones políticas no renuncien a su responsabilidad. También sostiene que los códigos éticos de la IA no pueden quedar definidos exclusivamente por las empresas o los grupos que controlan los sistemas.
La propiedad y utilización de los datos aparece como otra cuestión central. Para el Papa, la información generada con el aporte de millones de personas no debería quedar librada únicamente al sector privado, sino ser administrada con criterios de participación, protección de derechos y bien común.
La IA, el trabajo y la economía
La transformación del empleo ocupa un lugar destacado. La encíclica advierte que el aumento de la productividad no garantiza por sí mismo mejores condiciones laborales y cuestiona que los trabajadores deban adaptarse a la velocidad y las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas sean diseñadas para ayudarlos.
Frente al riesgo de automatización, desempleo y precarización, propone medidas de protección laboral, capacitación permanente y participación de los trabajadores en los procesos de cambio. También dedica una sección a lo que denomina “una economía que valore la dignidad”, en la que el beneficio económico deja de ser el único indicador del éxito de una innovación.
Límites claros en los conflictos armados
El empleo militar de la inteligencia artificial recibe una consideración particular. León XIV reconoce que estas tecnologías pueden contribuir a la defensa y a la protección de civiles, pero establece un límite categórico: no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o irreversibles.
La encíclica sostiene que el juicio moral no puede reducirse a un cálculo, porque requiere conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como ser humano. Por esa razón, la decisión de emplear fuerza letal debe permanecer siempre bajo un control humano efectivo, consciente y verificable.
El Papa también vincula la expansión de la industria armamentística con los intereses económicos que se benefician de la continuidad de los conflictos. En ese contexto, reclama reglas internacionales capaces de frenar la carrera tecnológica militar, garantizar la trazabilidad de las decisiones y proteger especialmente a las poblaciones civiles.
Una crítica a la promesa de superar al ser humano
Otro de los capítulos examina el transhumanismo y el posthumanismo, corrientes que imaginan una potenciación de las capacidades humanas o una futura hibridación entre personas, máquinas y ambiente.
La objeción de León XIV no se dirige contra la medicina, la biotecnología o las herramientas destinadas a aliviar el sufrimiento. Su crítica apunta a la idea de que la persona pueda ser tratada como un material que debe optimizarse, mecanizarse o superarse.
Para la encíclica, la vulnerabilidad, el límite, la necesidad del otro y la capacidad de cuidar no son defectos que deban eliminarse, sino dimensiones constitutivas de la condición humana. El progreso debe evaluarse, por lo tanto, de acuerdo con su aporte a la dignidad, la justicia y la participación social, y no solamente por su eficiencia.
Las primeras repercusiones internacionales
A menos de dos meses de su presentación, Magnifica Humanitas comenzó a ser retomada en encuentros dedicados a la gobernanza tecnológica y la paz.
Una de sus primeras derivaciones concretas fue la Declaración de Roma por una paz desarmada y desarmante, firmada el 16 de julio por premios Nobel, especialistas, líderes religiosos y antiguos jefes de Estado y de Gobierno reunidos en Italia.
El pronunciamiento, inspirado en la encíclica, reclama nuevas formas de gobernanza global de la inteligencia artificial, respalda el control humano sobre las tecnologías militares y propone avanzar hacia un bien común digital.
Estas iniciativas muestran que el documento comenzó a ingresar en el debate internacional, aunque sus consecuencias políticas y regulatorias todavía están en desarrollo. Por el momento, su principal aporte consiste en ofrecer un marco social, moral y antropológico para evaluar quién se beneficia con la innovación y quiénes pueden quedar relegados por ella.








